"Uchuraccay: La Política de la Muerte en el Perú
Kimberly Theidon y Enver Quinteros Peralta
De Ideele: Revista del Instituto de Defensa Legal,
No. 269:27-31, Febrero 2003


"Uchuraccay desde entonces se ha convertido en un espacio de reflexión, un
espacio de reflexión que nunca hemos olvidado. Un espacio de reflexión que
no debemos olvidar."

—— Alejandro Cordoba La Torre, alcalde de Huanta

"No solo los periodistas son gente para ser recordada, sino nuestros padres
que se murieron y desaparecieron también fueron gente y nos genera dolor."

—— Emilio Ccente, ex-Presidente Comunal de Uchuracccay

El 26 de enero de 1983 en la comunidad altoandina de Uchuraccay, nueve
personas — ocho periodistas y un guia — fueron muertos dentro de un
escenario de alta violencia política. Desde entonces, los hechos de
Uchuracccay se han convertido en una memoria emblemática sobre el proceso de
la guerra interna Peruana, y los familiares y los gremios de periodistas han
construido un monopolio sobre los debates de la verdad y la memoria
pos-conflicto. Este monopolio se basa en el poder de la palabra y el control
de las imágenes en circulación. Las guerras son luchadas, pero también
contadas, y es asi que las conmemoraciones construyen tanto presencias como
ausencias, tanto discursos como silencios.
Nosotros también queríamos pensar en Uchuraccay como un espacio de reflexión
sobre las brechas étnicas que permiten a algunos Peruanos negar la humanidad
de otros. Los hechos de Uchuraccay — que incluyen la muerte de 135
campesinos — nos permiten acercarnos a las brechas que siguen distorsionando
la sociedad Peruana. Sugerimos que la historia cuasi-sagrada elaborada
respecto a la muerte de los Ocho Mártires sirve como un microcosmo del Perú —
un microcosmo de la relaciones de poder y etnicidad que implica que algunas
vidas, y algunos muertos, valen más que otros.

Prólogo

En el año 1998 se llevó a cabo la primera actividad conmemorativa en
Uchuraccay. Esta fue discutida y alentada en el distrito de Tambo cuando un
grupo de periodistas, con la autoridad local del distrito, dicidieron llevar
a cabo una ceremonia para recordar a los periodistas. Aceptada la idea, esta
delegación se puso en contacto con los familiares de los periodistas que
radicaban en Ayacucho y en Lima. Puestos de acuerdo en conjunto, el 26 de
enero de ese año se llevaría a cabo la caravana hacia Uchuraccay, siguendo la
ruta que habían tomado sus colegas doce años atras.
En los años posteriores, iban institucionalizando la conmemoración,
denominada "Ruta para la Paz y la Reconciliación Nacional." Y como iban
institucionalizando el evento, también iban congelando en el tiempo los
hechos de Uchuraccay, fijando un guion excluyente y reactualizando cada año
una obra que no dejó espacio para la improvisación de los personajes
secundarios — los comuneros de Uchuraccay.

Ecuaciones Coloniales

En la semana previa al 26 de enero 2003, mientras que los periódicos
nacionales iban publicando las fotos ya grabadas en todas nuestras mentes,
aca en Ayacucho también inciaron actividades preliminares. En la Universidad
Nacional San Cristóbal de Huamanga, los gremios de periodistas convocaron un
conversatorio sobre los avances de la Comisión de la Verdad y Reconciliación
(CVR) respeto a los hechos de la matanza de los periodistas en Uchuraccay.
Al abrir el conversatorio, el moderador refirió a la muerte de los ocho
periodistas como "uno de los hechos más horibles que ha pasado en este
mundo." Lanzó la idea de la marcha a Uchuraccay, hacia "esta tierra
histórica donde se murieron nuestros hermanos hace 20 años."
Para los historiadores presentes, nos hizó recordar nuestros cursos sobre la
historia Peruana y la administración colonial en el "Nuevo Mundo." Un
componente de esta administración busco determinar cuantos "Indios"
equivalieron a un español. Si no nos equivocamos, los adminstradores colonial
es decidieron que la proporción fue ocho "Indios" por cada español. Si bien
la ecuación colonial ha cambiado, no es para bien: Ahora, para aquellos
pegados a la martirología, nisiquiera 135 campesinos logran equivaler a ocho
criollos. Cuando pensamos en la demografía de ellos que fueron asesinados y
desaparecidos durante la violencia, hay una conclusión ineludible: en la
política de la muerte en el Perú, medimos la pérdida de vida según una
jerarquía de las diferencias culturales y étnicas.

La conmemoración y la política del espacio

La carvana de periodistas y los familiares salieron desde Tambo, sitio
del primer acto conmemorativo. Entre banderas nacionales y ofrendas
florales, el moderador ofreció palabras de homenaje a los Ocho Mártires,
heroes del periodismo nacional. Minutos después cinco camionetas y una combi
enorme se arrancaron, iniciando la "Ruta por la Paz," con destino Uchuraccay.

Nosotros nos despertamos muy temprano esa mañana ya en Uchuraccay, la neblina
todavía envolviendo a los cerros y nuestra respiración formando nubes al
pasar por nuestros labios. Los comuneros habían convocado una faena comunal
para limpiar la pampa, y la limpieza fue acompañada por comentarios
continuous sobre su cansancio respeto a la conmemoración anual y lo
insultante que fue el comportamiento de los visitantes. Justo cuando don
Cipriano nos comentó que "Llegan cada año pero nunca saludan. Nunca nos t
ratan como seres humanos," el sonido de claxones nos advirtió que los
carros habían comenzado a llegar a la pampa del Nuevo Uchuraccay. Dos carros
de la municipalidad de Huanta entraron por arriba, y el personal de la
municipalidad bajo para comenzar con las preparaciones. Llamaron a las
autoridades y comuneros parados en la pampa, indicando que debían alistar las
carpas y los fierros que habían traído con ellos para armar el escenario.
Cuando los Uchuraccainos no mostraron gran interes en armar el escenario,
dos representantes de la muncipalidad levantaron sus voces, molestos porque
las autoridades y los comuneros no obedecían sus ordenes. En su
comportamiento vimos la condensación de un patrón de largo plazo: Cuando
llegan "las visitas" — o sea gamonales, hacendados, curas, o algunos
representantes de las ONGs — la expectativa es que los comuneros deben de
atenderlos, trayendo agua, cocinando su comida y abriendo sus casas para que
las visitas duerman bien.

De hecho, como una autoridad comunal nos explicó, "El primer año les
recibimos, de todos los anexos vinieron. Matamos ocho carneros y preparamos
toda la comida. El segundo año igual, pero matamos quince carneros. El
tercer año, los periodistas y la gente de la municipalidad trajeron pollo de
Huanta para ellos mismos no más. Lo que sobró lo llevaron con ellos a Huanta
y Tambo. Nunca nos han invitado nada. Nunca nos han reconocido."
Pasamos la mañana conversando con los y las Uchuraccainos, allá en el
Nuevo Uchuraccay. Cuando retornaron en 1993 después de diez años en
diaspora, trasladaron su communidad hacia arriba por motivos de seguridad.
Dejaron los rios abundantes, tierras ricas y clima abrigador de la quebrada
de abajo por la visibildad brindada por la loma de cerro.
Pero nos parece que el término Nuevo Uchuraccay tiene varios sentidos,
entre ellos la refundación del pueblo y la nueva generación de autoridades y
comuneros, jóvenes en su gran mayoría. De hecho, un joven quien estudia en
la UNSCH nos comentó que cuando dice que es de Uchuraccay, siempre le
pregunta "Cuéntanos de la matanza." Su respuesta: "Yo tenía tres años cuando
todo eso sucedió."

Es en el antiguo Uchuraccay donde las cinco camionetas y la combi
pararon, sus pasajeros bajando para iniciar la parte religiosa de la
conmemoración. Todos se reunieron alrededor de una cruz grande que ha
remplazado la corrida de toros de los años anteriores. Ahora el espacio ya
no es festivo sino sirve como un cementerio donde se conmemoran a los
periodistas. Era notable la ausencia de los comuneros, quienes miraron desde
arriba durante la misa. Todos salvo algunos niños, atraídos por su
curiosidad de saber por que había tanta gente por abajo. Nos acercamos a un
par de ellos quienes cargaron flores y se había parado para una serie de
fotos tomadas por los periodistas. Cuando les preguntamos porque llevaron
flores, nos dijeron "Por que nos dieron caramelos y plata."
Una vez terminada la misa, subimos hacía el Nuevo Uchuraccay donde se
desarrollaban los últimos detalles para la ceremonia oficial. A primera
vista llamó la atención como las memorias distintas que evocaron ese día se
reproducían en el uso de los espacios. El monopolio de la verdad se
convirtió en un monopolio de la escena central.

En la periferia, unas veinte mujeres Uchuraccainas, hijos en brazo,
desarrollaban una pequena feria donde vendían queso, papa y chuño sancochados
por un sol la porción. Al frente del escenario central había una roca
immensa que sería encendida minutos más tarde con la antorcha de la paz
llevada por un familiar de los periodistas muertos, el presidente comunal, y
una mujer en su "traje tradicional." Al costado de la roca cuatro
Uchuraccainos sostenían la bandera nacional y la bandera de la paz. Metros
más abajo varios efectivos del ejército vigiliban el horizonte de cualquier
riesgo o peligro, porque como habían insistido en Tambo, "la zona está
movida."

Había un abrupto cambio demográfico cuando uno miraba el escenario central.
El conjunto de visitantes era compuesto de periodistas, estudiantes,
dirigentes y autoridades políticas, camaras fotográficas y filmadoras en
mano. El escenario fue enmarcado por una carpa grande adornada de banderolas
de los gremios de periodistas departamentales y nacionales. En los
bastidores esperában el alcalde del pueblo y tres jóvenes vestidos en su
"ropa tradicional" puesta encima de sus pantalones blue jeans y zapatillas
deportivas. Desde la pampa nosostros también mirábamos, mientras que el
señor Justiniano nos preguntó "¿Hasta cuándo va haber esto? A nuestros niños
les está afectando. ¿Qué culpa podría tener un niño?". Como saber que dentro
de algunos minutos, la improvisación iba a interrumpir el guion establecido.

De soliloquios y fraternidad

La próxima hora tenía como atracción principal una serie de expositores, cada
uno haciéndonos recordar el destino sangriente de los Ocho Mártires, sus
hermanos quienes habían perdido sus vidas en la búsqueda de la verdad. Nos
hicieron recordar el "salvajismo de sus muertes," el dolor de sus familiares,
y los años que habían pasado en su lucha para la justicia. A intervalos
regulares, leyeron los nombres de los ocho periodistas, cada nombre seguido
por el grito "¡Presente!"

Mirábamos a los comuneros alrededor de nosotros, la mayoría siendo
quechuahablantes. Las exposiciones hasta el momento eran todas en
castellano, quedando claro quienes eran considerados miembros de la audiencia
ese día. Las señoras de Uchuraccay hablaron entre ellas, niños gateando por
ahí. Fue Mama Marcelina quien escogiéndose sus hombros nos dijo, "Nunca
entendemos lo que dicen porque siempre hablan en castellano. Entra por una
oreja y sale por la otra."

Entre los expositores figuraba el alcalde de Uchuraccay, don Joel Pacheco Huam
án. El alcalde se paró para pronunciar una lista de las necesidades del
pueblo, que incluyó la electrificación y una escuela inicial. Concluyó su
exposición, también en Castellano, notando que "Hace poco tiempo, un día el 4
de octubre, el señor Presidente (Toledo) ha venido a este lugar. También
prometió, ha prometido hacer electrificación. Hasta ahorita no se cumple
eso." Entre las exposiciones lamentando la pérdida de vida de los Ocho
Mártires, don Joel cumplió con su papel sumiso de presentar una lista de
necesidades por parte de su pueblo pobre.

Los comuneros parados al lado comenzaron a murmurar entre ellos y nos
acercamos para saber de que se trató. Las críticas que habían estado en
circulación esa mañana habían crecido, y no estaban satisfechos con la lista
de necesidades. Repetían entre ellos lo que habíamos escuchado cuando la
pampa era todavía parte de su pueblo y no el escenario mudo para la
actualización de la conmemoración: "Queremos que dejen hablar a Paulino.
Queremos ser reconocidos." El Señor Justiniano agregó, "El pueblo de
Uchuraccay ha pedido perdón. Estamos andando en reconciliación. Pero estos
familiares siguen tratándonos como si fueramos primitivos."
La figura del "primitivo manipulable" fluyó por los discursos, manifestado
tanto por Oscar Retto, padre del periodista fallecido Willy Retto, como otros
que insistían que no tenían rencor con los campesinos. Más bien, como dijó
el Sr. Retto, "me gusta que ya sepan leer por lo menos y no podrían ser
utilizados por nadie." El tema de buscar a los "responsables intelectuales"
hizo eco de los discursos de la semana previa: La idea que "los primitivos"
podían haber ejercido un protagonismo político e intelectual dentro del
contexto de una guerra brutal escapó el marco conceptual de los periodistas y
sus familiares.

Si el tema de su manipulabilidad hizo eco de la semana previa, lo que no
resonaba fue el tema de la fraternidad — por lo menos, antes de que habló
José Coronel Aguirre, representante de la CVR-Sede Ayacucho. Notamos un
contraste fuerte entre las acciones del Sr. Coronel y aquellas de los dos
comisionados quienes habían acompañado a Presidente Toledo en octubre cuando
llegó a Uchuraccay para proclamar el Día de los Mártires del Periodismo
Nacional y pedir un minuto de silencio para los Ocho Mártires. En esa fecha,
los comisionados silenciosamente participaron, reflejando el inconciente que
es el racismo y el poder de los gremios de los periodistas de haber
establecido una memoria hegemónica respeto a los hechos de Uchuracccay.
El Sr. Coronel cambió el tono de los discursos. No solamente se dirigió en
Quechua, sino refirió a los y las comuneros como "hermanos y hermanas." Por
primera vez en tantos discursos, los campesinos fueron incluidos en la
fraternidad Peruana. Notamos la incomodidad de los periodistas, y los
murmullos de aprobación de los Uchuraccainos.

Pero el tono cambió nuevamente una vez terminada la exposición del Sr.
Coronel. Su intervención fue un breve intermedio para el moderador, quien
concluyó el evento pidiendo un minuto de silencio para los Ocho Mártires.
Los periodistas y los otros visitantes inclinaron sus cabezas
respetuosamente.

Lo más interesante fue las actividades simultáneas atrás de los bastidores.
Los campesinos habían elegido al Sr. Paulino Huamán Quispe para su portavoz,
y él estaba intentando negociar el uso del micrófono con los organizadores
del evento. Éstos insistían que no había tiempo para un expositor más en el
programa, y rehusaron dar el micrófono al Sr. Huamán. Una refriega verbal
seguía, con el Sr. Huamán y sus partidarios insistiendo que él tenía el
derecho de hablar frente a su comunidad, y los organizadores insistiendo que
todos tenían que salir para Lima y que no quedó más tiempo para escuchar al
Sr. Huamán.

La ironía no es solamente una técnica literaria — de vez en cuando uno la
vive. Mientras que los organizadores insistían que el tiempo se había
acabado, todos los periodistas y los demás visitantes comenzaron a servirse
platos inmensos de pollo con arroz. Se sentaron bajo la carpa, balanceando
sus platos pesados en sus rodillas. Distraídos por la comida, los
organizadores descuidaron el micrófono por un momento, y el Sr. Huamán se
acercó y comenzó a hablar a todos los y las comuneros de Uchuraccay.
Comenzó pidiendo que todos se acercquen, llamando a todos los miembros de la
comunidad. Lentamente las señoras se levantaron, envolvieron a sus bebes en
sus mantas y tomaron a los grandecitos por la mano, y caminaron desde las
márgenes de la pampa para reunirse con los comuneros que ya rodeaban al Sr.
Huamán. Dirigiéndose en Quechua, comenzó recordando a los 135 familiares
asesinados en Uchuraccay, y en los demás pueblos de Iquicha, Huaychao, y
Cunya, enfatizando que "en todas las comunidades campesinas, como nosostros
con esta violencia política, muchos han perdido sus vidas. Todos nos paremos
para dar un minuto de silencio."

Sin embargo, los visitantes seguían comiendo, dando a la escena un aspecto
grotesco. ¿Cómo no reaccionar frente a una oposición tan fuerte — los y las
campesinos parados para conmemorar a sus seres queridos asesinados y
desaparecidos, y los visitantes sentados, concentrados en disfrutar de su
comida?

Por fin alguien les convenció que debían pararse. Su confusión fue palpable:
esto no fue parte del programa — nunca había sido así, y algo (¿alguien?)
estaba fuera de su lugar. La periferia había tomado el centro, perturbando
un esquema espacial — y discursivo — de largo plazo. De largo plazo por
que, después de todo, estos visitantes no eran tan excepcionales — solamente
estaban cumpliendo un guion social generalizable en el Perú. Es así que el
racismo y la exclusión ejercen su poder, al nivel inconciente, convirtiéndose
en "lo natural" — en el "pero siempre ha sido así."

Epílogo

El día después de la conmemoración, los periódicos nacionales publicaron
una declaración auspiciada por la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
Por primera vez en veinte años, los nombres de los campesinos muertos en
Uchuraccay salieron en la prensa, juntos con los muy conocidos nombres de los
Ocho Mártires. Sin embargo, cuando los Canales televisivos 2 y 5 pasaron las
noticias, en la filmación no apareció ningún campesino — no se escuchó ni una
palabra del Sr. Paulino Huamán Quispe. No había ni una palabra sobre los 135
Uchuraccainos muertos. Los monopolios continuan.
Cuando nosotros nos despedimos de los comuneros en Uchuraccay,
solicitamos sus opiniones sobre los acontecimientos de ese día. Algunos
comentaron que por fín había reconocimiento de sus seres queridos fallecidos.
Otros comentaron que "Es recién que tenemos derechos. Antes nos mataron de
todos lados y no podíamos reclamar porque no había justicia."
Abrimos el texto pensando en Uchuraccay como un espacio para la reflexión, y
de hecho lo es. Reflexionamos sobre lo lejos que estamos de construir una
sociedad más inclusiva en donde cuando se hable de "hermanos y hermanas," el
rostro de un campesino también aparezca. Como don Mariano nos decía en el
Nuevo Uchurracay, "No importa si uno es doctor, periodista, profesor o
campesino. Todos somos iguales. Todos somos seres humanos."