PERROS DE AGOSTO
La menguante luna orillaba el negro festón de nogales, breves destellos parpadeaban en el ramaje de ciruelos y un ladrido remoto estaba atravesando los murmullos de la cálida oscuridad. En un instante la tierra retumbó.
Antezana se enderezó en la cama.
-¿Lo has oído? Ha sido el puente. Ahora sí.
Aún no del todo despierta, Corina bostezó.
-¿El puente...?
El resplandor de la calle solitaria recortaba su silueta contra la pared: mestiza de cuarenta años; frente amplia, la nuca aún no vencida, la tez suavemente maltratada por el ardiente sol de las quebradas.
-¿Pgincesa? -llamó luego, apenas sobrepuesta a los espesos cortinajes del sueño.
Y todavía insistió cuando llamaron a la puerta de calle y la perra abandonó su escondite bajo el catre y se hundió ladrando en las tinieblas de la sala. Antezana encendió el candil y abandonó la pieza. La Cóleman colgaba muerta sobre la balanza de pata de gallo de la penumbra.
-¡Pgincesa!. -La voz de la mujer lo alcanzó sobre el crujido de las maderas y el eco fue a multiplicarse en las habitaciones vacías-. Vamo Pgincesa.
Antezana se detuvo frente a la puerta armada con viguetas y tablas por él mismo, al cerrojo forjado por sus propias manos en los años de la juventud.
-¿Quién anda fuera?
Reconoció la presencia a través de las tablas y manipuló el cerrojo. La llovizna que azotaba los tejados desde la semana anterior le dio en la cara y comenzó a mojar el maderamen de la sala, la luz del candil se proyectó en los largos charcos de la calle.
-Ahhh... eras tú.
Envuelto en una polaca de cuello alzado -cuyo cuello repetía su agudo perfil en la sólida pared- sonreía el guardia civil: chorreando la cara el agua de la lluvia, coronado por un aura de fatiga y vapores de licor.
-¿Se puede?
La perra -moteado trozo de piel extendido a media vara del suelo bajo el cegador mercurio de la calle- gorgoreaba con el metálico cascabel de su garganta.
-Ah, pasa.
El visitante arribó al rectángulo trazado por las sillas de paja, estudió los almanaques enmarcados por carrizos que adoquinaban las umbrosas paredes.
-Aquí estoy-: dejó escapar un suspiro, se quitó la polaca; un lamparón de sudor mapeaba sus espaldas-, vivo, y no como pensabas.
-¿Quién ega? -indagó Corina desde la otra pieza.
Antezana apenas volvió el rostro.
-Nadie.
El visitante observaba las manchas de aguas en el piso de madera: veloces lamparones que ya parecían las huellas de una fiera.
-Dile que yo -dijo-. ¿Algún problema?-. Elevó la voz-: Soy yo, Corina, Candela.
El cascabeleo de la perra, llegando desde dentro, llenó el siguiente tramo de silencio.
-¿Qué pasa, no hay luz? -Candela señaló con un ademán el foco muerto que colgaba sobre sus cabezas.
-Un poste caído -dijo Antezana-. ¿Hay arreglo por fin?
-Un poste -bostezó Candela-. ¿Se han comenzado a caer tus postes?
-¿Hay arreglo? ¿Cinco por cada cien?
-No. Yo no soy comisionista.
Candela había desabotonado los puños de su camisa y estaba doblándolos en sus muñecas.
-Aunque me gustaría conversar...
Antezana controló la respiración y expulsó el aire. Candela reparó en la maniobra, sonrió.
-Tengo unos hijos, una mujer. Es la verdad.
El humo del cigarrillo se elevaba entre ellos, recto, transparente, con la tenaz energía de su fuego interno.
2
Horas antes apenas, Antezana había atravesado los cuadrados amarillos proyectados por las ventanas del Hotel-Billar en el barro de la desierta calle. La puerta juntada a medias alargaba el haz de luz hacia las paredes de enfrente, una sombra surcaba la oscuridad.
-¿Qué hay?
Era Fidel, el enano del pueblo.
-Buscando a mi perra -se friccionó los ojos Antezana; largo gabán, vara de sauce al hombro.
-Tu perra -repitió el enano a media carcajadita, corriendo el relámpago de su bragueta y acomodándose el cinturón.
En un extremo de la calle apareció un jinete, escopeta al hombro, tirando de una mula de donde colgaban unos pies descalzos que se mojaban a la lluvia. El jinete se caía de sueño y la mula traqueteaba con la regularidad de una máquina de coser.
-Sí que vi a tu perra -reaccionó el enano. La aparición ya doblaba la esquina-. ¿Rescataron al ahogado?
-Hoy por la tarde.
La noche había vuelto a cerrarse tras los aparecidos, ahora solo dejaba oír los traqueteos de la mula, bajo el firmamento vacío, bajo las estrellas desnudas.
-¡Mi amigo!. -El enano sacó a luz su figura de batracio, indicó el local con la mandíbula-. Están bebiendo desde la madrugada. No sé cómo todavía no se ahogan.
Abrió la puerta de un puntapié y el luminoso polvo del interior descubrió las paredes estucadas, los rastros de pintura en las cornisas, los almanaques de años idos amarilleados por el tiempo.
-¡Alguien ha visto una perra! -chilló el enano.
La pálida bombilla eléctrica pulsó sobre tres hombres inmóviles en torno a una mesa de billar. Otros dos sentados en sacos de cereal delineaban el vago horizonte y las sombras de todos se proyectaban en el descostrado anuncio: La Pimpinela Hotel-Billar.
Antezana acostumbró sus ojos a la luz, reconoció una a una a las figuras.
-Buenas noches, con todos. Buenas...
Nadie respondió; los hombres observaban la bola blanca que había rebotado de una banda y describía un amplio ángulo, rodó suavemente hacia el centro del paño verde donde aguardaban las otras dos. Los hombres parpadearon, una vaharada de aguardiente inflamó la atmósfera.
-Qué inspiración... -aplaudió el enano, rengueó hacia la esquina próxima a las bolas-. Que mano para inspirada.
El jugador friccionó el chuno en su taco, cerró un ojo para protegerlo del humo y taqueó: la bola blanca golpeó a la roja, describió el vasto polígono de las bandas y de retorno, coronando la maniobra, fue a bochar a la bola blanca del punto.
-¡Pucha!
-Trece -cantó el juez; mejilla aplastada por una patada de mula, pulposas orejas henchidas de licor-: ¡Catorce!
-¡Y se acaba, y se acaba! -El enano comenzó a delirar.
Pero la bola blanca se apartó de sus hermanas y, solitaria y convencida, rodó hacia una esquina. Las imprecaciones cesaron, Antezana fijó la mirada en las marcas del paño: huellas circulares trazados por botellas de noches memorables, lamparones de polvo que atestiguaban jornadas devoradas por el olvido.
El enano contorneó la mesa.
-¡Pucha, que me corto una oreja!
El jugador lo ignoró, corrió el trozo de cigarrillo por el fino carril de sus labios.
-¡Qué asno!-: insistió el enano, no quería convencerse que la jugada estaba perdida.
-Muy fuerte, muy fuerte -reflexionaba el jugador, cogida la nuca en una mano, observando de reojo los preparativos del enemigo-. Era suave solamente.
El enano estaba frente a él, contemplando las manchas dejadas por la lluvia en el cielo raso.
-Y taco abajo. ¿No?
El jugador reparó por primera vez en la presencia de Antezana.
-¿Y, tu? ¿No entras?
-Ahora no... -se disculpó Antezana, peinó su cabellera con una mano.
-Busca una perra -se burló el enano y su carcajada arrastró a los hombres del muro que aún reían cuando el enano ya estaba interrogando-. ¿Quién de ustedes podría conseguirle una perra?
Los hombres se miraron atónitos.
-¿Una perra?
Lejos del cono luminoso, el sargento Candela paladeaba su copita de aguardiente, proyectando lenguas negras en la pared, centelleando su diente de oro en la oscuridad.
-¿Una perra...?-. Vino hacia la luz-. ¿Qué pasa con la perra?
-Qué va a pasar, sarge.
-Tranquilo, sarge.
-No pasa nada.
Antezana le tendió la mano; encontró aire. Llegado su turno en el juego, el sargento se posicionaba ante el muerto campo de batalla.
-¡Pegadas! -bramó, taco arriba.
El juez de mesa se inclinó ante las bolas; era cierto. Dispuso las bolas en la posición de inicio de juego.
-Cuando quieran -dijo-. Adelante, sargentazo. ¡Juega!
Las carambolas empezaron a sucederse y las arengas a hinchar aquel cielo raso de yutes tensados y brochazos de cal muerta. Cuando al fin regresó el silencio, el cocinero ya estaba ofreciendo esos vasos de Cóndor -su invención: cuatro dedos de aguardiente, dos gotitas de menta y una rodaja de limón- en una fuente de aluminio verde.
-Sácale esa cochinada -bramó el sargento.
-Cochinada no, sargento -se entristeció el cocinero y le tendió una copa de aguardiente sin menta ni limón. El sargento la vació de un sorbo y se corrió por la boca el trapo de lamparones rojos que colgaba de un brazo del cocinero.
-Ríndete Clever -musitó el juez de la patada de mula-. El sargento aloja el diablo dentro.
El taco del sargento pendulaba sobre el trípode de su mano izquierda.
-Y es el diablo quien juega.
-En su última noche -parpadeó el enano-. Al alba recogeremos lo que de ti quede. ¿O no sargentazo?
-Estrangulen a ese idiota -bramaron las cuatro voces del muro desde sus pirámides de cereal.
-Pero hay una apuesta -protestó el enano.
-Por dios... ¡Callen a ese idiota!
-¡Silencio que me corto una oreja!
El juez de mesa surgió tras Antezana, le echó un brazo al hombro.
-¿Ya sabes lo de Marmanillo? -susurró.
Antezana fingió atender al enano que se empeñaba en subirse sobre los sacos de cereal.
-¿Qué hay con Marmanillo? -dijo sin embargo.
-Candela va a dinamitar su destilería -continuó el susurro. Y luego de la siguiente carambola, cuando las bolas habían ya hallado reposo en las bandas-: Esta noche.
-No.
-Pues sí. Ha dinamitado en Saqsalla y en Pukacruz -acarició la cicatriz de su rostro: cordón nítido siempre que hacía frío y anunciaban tormentas los cielos-. Dice que se va de este mundo y nada quiere dejar.
El enano había alcanzado al fin la cumbre de los sacos, se acomodó allí -gallito de hojalata mecido por el viento en una cumbrera desolada-, y entonaba una canción de camioneros. Los cuatro hombres del muro llevaban el compás con una ondulación de cuerpos, inmersos en el humo, atrapados en esa ausencia de voluntad de los ahogados.
-¡Y se acabó!
El sargento guardó el taco en la imperturbable posición de descanso hasta la siguiente partida, limpió sus manos en una toalla manchada por talco y vino hacia el mostrador. Era un mono blanco visto a contraluz, manoteaba con previsible pesadez, caminaba sin avanzar.
El juez lo recibió con los brazos abiertos, reencontró su voz de ceremonias:
-¿Una rondita, sargentazo?
La mirada de respuesta se levantó desde un rostro cruzado por leves brochazos de barba, de unos ojos que parpadeaban indiferentes a la risa que acontecían una cuarta más abajo -bolitas de acero paralizadas por la herrumbre.
El juez elevó su copa.
-Por ese pulso, sarge. Que nunca le falle.
-Por ese pulso -intervino el jugador derrotado, puño arriba-. Tiburón, el sarge.
-¿O ya te cae mal el trago? -terció Antezana. Y fue cuanto dijo.
-El trago, no. -El sargento elevó para sorpresa el volumen de su voz-. ¡Tu trago es que me cae mal!
Los hombres del recinto se sobresaltaron ante los dos hombres enfrentados: inmóviles, con el corazón palpitando bajo las prendas y las prendas exudando el efímero olor de la sobrevivencia. Posaron sus miradas en el uniformado. El cocinero secó sus manos en el delantal, paseó una mirada de tanteo por su clientela.
-¿Pidieron algo?
-¡Una ronda! -ordenó el juez, envuelto ya en la vasta mirada del sargento-. Y un trago sin limón ni cochinadas para el sargento Candela.
-¿Pasa algo? -aprovechó Antezana.
La mirada de Candela se tendió ahora sobre él:
-¿Ah, no sabes qué pasa, no?
Antezana lo tenía frente a él. Un rostro duro, cejas espesas de antigua autoridad. Entonces la persecución llegaba a su fin; el laberinto de billetes entregados a terceros a cambio de permiso para destilar lo había conducido a ese callejón. Y ese callejón admitía un solo hombre en adelante. Este juego no era de chocar de bolas; lo definían miradas, silencios, tonos de voz, argumentos que enmascaraban vacilaciones. Y el espacio de juego era el hotel entero, tal vez todo el pueblo con sus calles y plazas, y las fichas cada una de las gentes de esos perdidos roqueríos. Era así, ¿pero qué podía hacer ahora? Curvarse, dejar que el viento dejara de soplar.
-No pasa nada, sargento.
Candela no parecía pensar lo mismo.
-¿Nada? Mírame a los ojos.
Las pupilas del sargento permanecían inmóviles y de la boca guarnecida por gris piel rajada y bigotes canos se desprendía el vaho del aguardiente.
-Tranquilo, sarge.
-Dime ahora que no tú no sabes nada. ¡Dilo!
Antezana cerró los ojos y comenzó la cuenta. Uno, dos, tres, cuatro, seis, ocho, diez. Carraspeó, abrió los ojos sólo para ver la calle solitaria de esa hora. La voz seguía llegando, impertinente,
-Estás borracho, Candela.
Dejó caer su cigarrillo, se volvió a los inmóviles hombres del muro.
-¿Qué pasa con Antezana?. Turba primero mi juego. Ahora me insulta. ¿Es amigo de ustedes, o no?
El enano mordisqueaba un palillo sin dejarlos de contemplar: en cualquier momento Antezana caería fulminado. Pero Antezana se llevó ambas manos al pecho, como si el peligro rondara por allí.
-¿Yo, Candela?
Candela dio un paso adelante.
-¿Con que destilas? Dime.
Antezana retrocedió esa distancia.
-Estás borracho, sargento. Nadie te ha insultado.
El resplandor de la cocina proyectaba la sombra del sargento en la pared -lamparón negro tensado por los llameos-: un muñeco de plomo a punto de derretirse por el fuego que Antezana sentía frente a él.
-¿Qué te ha dicho Marmanillo? -adelantó otro paso Candela.
Antezana retrocedió y su espinazo chocó con la pared:
-No he visto a Marmanillo.
-Ah. ¿Seguro que no lo has visto?
-¿Y lo tenía que ver?
Las bolas corrieron repentinamente sobre la mesa, tronaron con sordo eco, multiplicaron sus trayectorias en el paño arrastrando tras de sí las miradas de los hombres.
-¡Qué pasa!
-Para eso no se toma, sarge.
Corrían todavía las bolas cuando el cocinero ya se había interpuesto entre Antezana y el sargento y el juez acudía a separarlos. El aire se colmó de suspiros, el sargento humedeció su boca.
-¿He dicho algo incorrecto a este señor?
Los hombres del muro despertaron de su sueño de plomo con el barullo de protesta: trocadas las cabezas en simples calabazas de huerto, sin ojos, sin boca, cercenadas en la sien por cuatro sombreros suavemente ladeados.
-Si fue así, discúlpame Antezana.
-Me corto una oreja -reapareció el enano.
El sargento paseó una mirada por los presentes, la detuvo en el cantinero:
-¿Podemos chocar un trago a mi cuenta?
Los hombres del muro jadeaban en sueños, lejanos, defendiéndose del sopor que como una montaña de espuma les aguardaba al otro lado del pestañeo. Tendieron las pesadas manos a los Cóndor y el aire se vació de ruidos.
-¿Salud?- el sargento acarició su copa.
-Salud -el coro estremeció el primer piso de La Pimpinela Hotel-Billar.
Pero la copa del sargento, no se alzó con las otras, simplemente se dejó caer.
-Salud, pues -dijo el sargento-. Con este trago de azúcar y levaduras, ¡salud!
La escoba que comenzaba a reunir los pedazos de vidrio se inmovilizó. El juez de mesa, ahora juez de nada, acarició el cordón de su mejilla convertido en un cordón anilina.
-Malograste la noche, Candela.
Una ranchera mejicana se desenroscaba en la vitrola, meneaba en los hombres; las trompetas bordoneaban la tenue invitación a los lamentos.
El brazo del juez volvió a posarse en los hombros de Antezana.
-Vete, Víctor.
El enano bailaba sobre los picos de cuatro botellas vacías el ritmo que la vitrola arrojaba en serpentinas de melancolía.
-Vete, Víctor. Esto no va a terminar acá.
Los hombres del muro yacían muertos sobre los sacos de maíz, un desconocido sollozaba hundida la cabeza en los hombros del cantinero y Candela había comenzado a cerrar los botones de esa especie de gabán.
3
Corina descendió de su colcha de estambres de colores, se apoyó en los maderos del catre y acudió a la puerta de calle. Antezana estaba allí.
-¿Son horas de llegar?
Antezana cerró la puerta tras de sí.
-Otra vez ese Candela -dijo.
-Mira a Princesa -Corina hacía esfuerzos para serenar su voz-. Eres un desconsiderado. Una perra en ese estado andando sola por las calles. Siempre has sido un desconsiderado.
-¿Qué diablos?
El rastro de sangre que venía del cuarto de baño era contemplado por los piadosos ojos de la perra.
-Pero es natural. ¿No es así en los animales?
-¡Es una dálmata! -gritó Corina.
-Ese Candela -Antezana contempló a su mujer a través del parpadeo-. Es insaciable. A veces quiero decirle que dinamite todo y deje a la quebrada en paz. Sería mejor.
Meditaba en sus palabras cuando vibraron las ventanas con los ecos de una lejana explosión.
-Fue la destilación de Marmanillo.
-Estás borracho.
-La próxima seremos nosotros. -Se volvió a Corina-. Incluye a la perra.
Se volvió hacia el espejo y el frío vidrio le devolvió su imagen: rostro barbado, ojeras en una piel quemada por cincuenta años de llameante sol, en el afán de amasar la fortuna que le permitiera decirle adiós a esa quebrada y partir para siempre a la ciudad. Y cuando había evocado los azarosos capítulos de la historia que comenzaba en el seco verano del cincuenta, y la habitación se llenaba del susurro de los macilentos cañaverales, del relincho de las mulas que habían traído la maldición en sus baratos cajones de ron de costa, la casa se estremeció con la segunda explosión.
-Fue el puente -dijo Antezana-. Esperemos a la tercera. Será nuestra destilación.
-Tira de borrachos. -Corina ahogó un sollozo empatando dos hilos de su tejido-. Volví porque me dijiste que todo sería diferente. Por eso. Nunca debí volver.
-Nadie te hizo llamar -sonrió Antezana, con el murmullo de los cañaverales de los buenos tiempos en sus oídos-. Yo no te dije ve. Yo no te dije quédate.
Los cañaverales continuaron murmurando, desde más allá, cuando no habían sido derrotados por el barato ron de costa que con los comerciantes comenzó a llegar. Los comerciantes. Los recibió con los brazos abiertos al comienzo, entendió después qué era un pequeño comerciante y qué era un gran comerciante, ese que pedía subsidios al Estado. Qué bien, dijo, como diría qué bien el condenado ante los verdugos que acomodan el nudo de la soga con que lo van a colgar. Y pasó lo mismo, con el trigo y las arvejas. Juegos de blancos para favorecer a los importadores blancos. La desgracia doblegó así, las mieses morenas y abrió camino al pan blanco. El pago escaseó y los indios sin pago huyeron a la ciudad, a buscar cobijo en las fábricas de los blancos. Y la caña sucumbió ante el ron, y desaparecieron los cañaverales. Pero el aguardiente barato siguió manando de las destilerías de la quebrada. ¿De dónde, si los trapiches se herrumbran en paz? Silencio, para todos hay. Para todos, para Candela también. Pero él no lo quería entender. ¿Quiere que nos dejemos morir? ¿Qué quiere decir en realidad, cuando habla de justicia en este roquedal? ¿Cuánto vale ese hombre en realidad?
-Un poco de dinero -Corina lo despertó de su ensueño.
-No acepta nada.
-¿Qué? ¿No tiene mujer? ¿Sus hijos no saben comer?
-Para él sólo existe la ley.
Corina levantó la mirada, no había expresión alguna en el rostro de Antezana; la volvió a posar en su tejido.
-Cuéntale la verdad. Eso no falla.
-Corina...
-La verdad, si es verdad, no choca con ninguna ley. ¿O no tienes la verdad?
-Tengo sueño.
Corina le abrió un espacio en el lecho, Antezana se acomodó y cubrió con las frazadas, suspiró largamente cara a la pared.
-¿Y eso? -se sentó en la cama. Había oído la tercera explosión.
-Nada. -Corina acoderó su tejido al lagrimeante resplandor del candil-. Yo no he oído nada, pero tú estás que tiemblas como un perro.
-Tú no sabes, Corina.
-Hace meses que comemos de los tapetes que tejo. Pero no sé nada, según el patrón.
Corina clavó los palillos en su alfombra y arrastrando su larga sombra de bata raída fue a guardar su dentadura postiza en el vaso de agua.
-Un día me cansagué -dijo desde allí, con su boca desdentada-. Entonces me igué. Que manega de complicagse la vida pog no decig la vegda.
Dos hombres bramaban un aire de soldados al final de la larga calle, sentados en las frías gradas de la solitaria Municipalidad.
FIN