"Misa de Semana Santa"
Por ISAAC GOLDEMBERG (Chepén, 1945)
Cuento ganador del premio "El cuento jocoso" (junio del 2001),
auspiciado por Lluvia Editores.
.....Por ese entonces yo tenía seis años y la única comida que me
gustaba
era la de mi abuela Jesús, una verdadera artista de la cocina. Mano
prodigiosa. De bruja. Mi madre y yo vivíamos en su casa, junto con el
abuelo y mis doce tíos, todos hermanos y hermanas de mi mamá. Así que
con tantas bocas que alimentar, más la casi patológica tacañería de mi
abuelo, mi abuela tenía que hacer malabares para que no faltara comida
en la casa, Por eso tenía su corral donde criaba gallinas, cuyes, conejos.
Yo la ayudaba en la cocina: le molía el ají y el culantro, le espulgaba el
arroz, le avivaba el fuego, le traía agua de la tinaja y le hacía los
mandados. Y más de una vez la vi degollar, con mano certera y una
amplia sonrisa, a una gallina o a un conejo, con la plena convicción de
que Dios los había puesto en su corral para nuestro sustento. De cualquier
cosa hacía un manjar, pero su especialidad era el estofado de pollo. Lo
preparaba sencillo, su arroz y su papa, pero con una sazón que todos en
casa atribuían a sus artes de bruja. Una verdadera delicia, embriagador. Al
cabo de casi cincuenta años, todavía recuerdo lo que fue, para mí, su último
estofado.
Fue un día cualquiera de Semana Santa. A eso de las once de la mañana
la
abuela anunció que iba a preparar estofado para el almuerzo. Yo me apresté a
ayudarla, pero ese día me ordenó que me fuera a la iglesia y que no regresara,
por nada del mundo, hasta la hora del almuerzo. De nada sirvieron mis protestas,
no tuve más remedio que obedecerla. El par de horas que duró la misa la boca la
tenía hecha agua. No podía pensar en nada más que en el bendito estofado de mi
abuela. La iglesia toda olía a ají, a culantro. Empecé a sentir algo extraño, la
cabeza me daba vueltas. Me pareció que al Cristo de la cruz le salían alas y
escuché el chillido de un gallo. Me salí corriendo de la iglesia y me regresé a la
casa. Todos ya estaban sentados a la mesa. Comían extasiados, como
transportados a una especie de paraíso.
Tomé asiento y la abuela me sirvió mi plato. Comí despacio,
apachurrando la papa con el arroz, saboreando cada bocado,
masticando los huesos, rezando en mis adentros para que nunca se
vaciara mi plato.
En eso oí un chasquido. Era el abuelo, que, relamiéndose los labios,
exclamó suspirando: "¡Carajo, qué bueno que había estado el cojo!".
La comida regresó desde mi estómago al plato. Clavé mis ojos en los
de
mi abuela y ella me devolvió una mirada de piedra, ordenándome que
contuviera las lágrimas. El cojo era mi pollo. Mi mascota. Mi pata del
alma. Mi hermano. Le decían el cojo porque rengueaba de la pata
derecha, pero se llamaba Jesús. El nombre se lo puse yo, en honor a mi
abuela. Y justo, por pura coincidencia, nos lo comimos en Semana
Santa. Años más tarde, a mi abuela le amputaron la pierna derecha.