MARIPOSA BARBARÁN

Zein Zorrilla

 La forastera atravesó el cascajo llameante y se detuvo al otro extremo de la carretera, contempló la comisaría, la curva lejana donde se perdía la carretera. El guardia civil observó cómo finalmente se dirigía al kiosko solitario bajo el sol de Setiembre que incendiaba la quebrada; dedujo que la falda era de un celeste encendido atenuado por sus anteojos negros. Había estado bebiendo con los camioneros de las vísperas y apenas había arribado a la comisaría cuando el Jefe de Línea pateó dos veces el suelo, le confió el honor de la divisa y enrumbó al sur sobre una motoneta de un solo pedal. Su columna de polvo se retorcía sobre la techería de zinc cuando el guardia civil se contoneó hacia el kiosko. Un cascabeleo de esposas acompasaba sus pasos desde el cuero negro de su cintura. La muchacha terminaba de acomodarse en una medialuna de sombra.

-¿Una gaseosa? -ofreció el guardia civil.

La forastera suspiró, defendió sus faldas del suave vientecillo mañanero.

-Creo que estaría bien... -dejó caer sus párpados con un aleteo-. Aunque una cervecita se portaría mejor. ¿No?

Llevó a un hombro su barbilla, suspiró. El guardia civil entrecerró los ojos: ¿Qué vientos habían arrastrado ese figurín de almanaque hasta ese diminuto restaurante de carreteras?

-¿Cervecera?

-Cervecera, general.

-¿Vienes por la fiesta?

-¿La fiesta? -parpadeó, se estremeció como atravesada por un súbito recuerdo-. ¿Cómo las polillas por el candil?

El guardia se llevó un puño a la boca, contuvo el estornudo.

-Me refería a algún amigo, alguna esperanza.

La forastera sacudió la espuma de su vaso sobre los estramonios de sus pies, recogió en una mano su cabellera.

-Yo ya no tengo esperanzas.

Dirigió una mirada a la finura de crucifijo en el trejo pecho de la autoridad, embelesada, ausente.

-¿Quién?

-¿Mi crucifijo?

-Tu crucifijo.

-¡Ah! Un amorcito.

-¡Oye, eres un fresco!

Replegó su mirada con azoro, igualó sus manos en la falda, sostuvo la mirada que atravesó el transparente ámbar de su cerveza y remontó las alambradas de su fugaz enojo.

-Cuéntame una buena historia. Y la beberé.

-Qué te cuento... -el guardia entrecerró los ojos-. ¿Qué quieres qué te cuente?

-La historia, digamos de...

Paseó la mirada por ese retazo de quebrada que se tostaba al primer sol de la tarde: un grueso árbol de molle, un anciano dormitante a su sombra, maniatado, a cincuenta pasos del kiosco y al otro lado de la carretera.

-La historia de ese viejo -señaló a las dos melancólicas perras negras que jadeaban a los pies del viejo-. Y la historia de esos dos animales.

El guardia civil no tuvo necesidad de volverse a contemplar ningún viejo y ningunas perras.

-Es un ladrón.

-¿Ah...?

-Vendió una ternera a la hacienda, se arrepintió, fue esa noche, trepó los establos y se la robó. Rondaba el trono de la virgen, en plena procesión, cuando el sacristán dio el aviso y las fuerzas del orden le cayeron encima.

-¿Ah... fuerzas del orden?

El guardia civil batió las palmas en alto:

-¡Viejo!

El viejo levantó el rostro; el guardia civil continuó: -¡Róbate esta vaquillonita!

La forastera rió empujando con la yema de sus dedos el desnudo pecho del guardia civil.

-¡Oye, oye!

-No, linda. Lo despacharé a su fría Paucará y nadie te robará.

La forastera formó rizos con su pelo, batió párpados, suspiró henchido el pecho: el guardia tuvo que asirse para no caer.

-¿Y las perras, general?

-Se largarán con él, a Paucará. Es un indio de Paucará.

-¡A Paucará...! -Los temblorosos labios se bañaron de rocío-. ¿Por que no lo dejas ir?

-Ah... ¿Y por qué voy a hacer eso?

-Te gusta hacerte el malvado.

Entornó la mirada, contempló el horizonte de tejas, languideció incapaz de contener un suspiro.

-Pero en el fondo eres un niño; un minino tonto y engreído. Un gatito huérfano. ¿No eres eso?

La chica del mostrador, diligente limadora de uñas, pegó un chillido y voló del banco. La forastera la acompañó en su risa. El guardia sonrió extraviado y ellas remataron su carcajada; eran cómplices, no sabían de qué.

-¿Cuál es la gracia? -se repuso la autoridad-. ¿Hay una gracia?

La forastera lo desafió nuevamente.

-Adivínala y beberé tu cerveza. Otra cervecita, general.

Los ecos de la banda de músicos habían comenzado a llegar con los vientos y las columnas de humo a remontar la verde crestería de pacaes.

-¿Has bailado con ganas, mariposa?

-Tanto; sangran mis pies por sus plantas.

-Si callos ya no tenían.

-¡Oye, qué fresco que eres!

Un camionero esperaba en puertas de la comisaría: mandíbula degenerada en barba gruesa y un trapo rojo sesgando su frente fatigada.

-¡Sella tu libreta, socio! -le indicó el guardia civil.

El camionero ondeó una mano arriba, elevó la voz sobre el estruendo de su máquina:

-¡Le traeré periódicos, jefe!

De pronto, la forastera no deseó más cerveza; un rubor escocía un rincón de su pecho, murmullos de periódicos aplastados revoloteaban sus oídos.

-¿Por qué no? -insistió el guardia civil.

Pero ella había girado en su banco y contemplaba las montañas, las vacilantes nubes de sus cumbres; giró aún y enfrentó al guardia en el marco de polvo de carretera y reverberos de zinc.

-Anoche bailé contigo -dijo-. ¿No es suficiente?

-¡Conmigo!

-¡Ayayay! Memoria de borracho que no se acuerda de mí.

Hundió su mirada en los ojos del uniformado. ¿Por qué todos los hombres reaccionaban de manera igual? Era hermosa desde los trece y los conocía a todos. Apuraban sus copas y llamaban a la primera puerta que relumbraba en la noche estrellada, para horas después apenas, antes que cantaran los gallos y rayara el alba, volver a sus sepulcros, despejados y livianos, ahogadas sus promesas en las riberas del gran río. Era hermosa desde los trece y -Bienaventurada Salvadora de Jonases- desde aquel tiempo andaba por el mundo colectando los recuerdos dejados en mesitas de hotel: un boleto de cinema, cierta copita de ron, un moretón bajo el pendiente. Guardias civiles, camioneros y maestros de escuela se escurrían todos al fin -sorbo de vino entre los dientes-, al sepulcro del que otras mujeres los volverían cualquier tarde a rescatar. ¿Y este uniformado iba a ser la excepción?

-Ya no te acuerdas de mí.

El guardia civil se acomodó en el taburete.

-Me gustaría bailar otra vez. ¿Se puede?

La forastera rió, besó su vaso, sorbió la espuma sin dejarlo de contemplar.

-Podría ser en la noche.

-¿Hora, jefa?

-Las siete en punto, general.

El guardia compuso su mirada, estudió los cielos: faltaban cuatro horas, cuatro días, una eternidad...

-Habrá luna... -musitó sin ganas.

-¡La placita a las siete! Tocarás tambor y yo bailaré que dará envidia. ¿Tocas tambor?

-Toco tambor.

-¡Ay, sin embargo!

Pareció de pronto despertar, despejó las súbitas nubes de su mirada, tanteó en los ojos del uniformado y habló: trágica, arrepentida, partida en dos por un negro recuerdo.

-Quisiera únicamente... -miró los cielos- una pequeña prueba de tu sinceridad.

El guardia recibió el cálido aliento de la forastera en la curtida piel de sus mejillas.

-Seré un caballero -dijo-, y me cortaré el cuello si es que no bailo contigo bajo un poste de luz.

-Hablas con una dulzura...

La chica del mostrador contuvo la risa turbada por nada, el guardia sonrió petrificado y la forastera, párpados batiendo bajo de nuevo, agravó su voz.

-Una prueba verdadera.

-¿Digamos...?

Un cohete caracoleó sobre la sábana de pacaes y el eco de su naufragio fue a enterrarse en la crecida hierba de los caserones; no había llegado a explotar.

-Ques-ca-pel-vie-jo- tarareó el frágil hilo de su voz.

Las botas del guardia civil resbalaron del taburete, pendularon por tres veces, colgaron definitivamente muertas proyectando una fresca sombra en el cascajo. Otro camión pitaba en puertas de la comisaría, frente al kiosco. La forastera bramó esta vez.

-¡Sella socio!

Enloquecía la chica del mostrador. Su nueva amiga estaba en la mira de hielo de la autoridad y al fondo, bajo el macizo molle, el anciano sudaba hilitos de agua.

-¿No, general? -tanteó todavía la forastera, borrando un pliegue de sus faldas, obsequiándole una sonrisa -. ¿No si pol?

-Pues sí... -el guardia recompuso su mirada-. Con otra pequeña condición.

-¿Que te devuelva las manitos y dance tu ritmo en la oscuridad?

La chica del mostrador hilvanó una sucesión de carcajaditas.

-No te marches y lo suelto ahora. Te juro.

Juró ante el encadenado Cristo de su pecho; inútil, la forastera reencontró su voz.

-Será mejor que me vaya.

Sellada su libreta partía silbando el camionero. Ella lo miró treparse a su camión.

-Con aquel señor.

El guardia la detuvo del brazo, la hizo girar en los tacos hasta tenerla a un palmo de sus bigotes.

-Si lo pienso bien... el viejo tiene su derecho a fugar.

A ella ya no le importaba que fugara o siguiera tostándose bajo el molle.

-Fugue o no fugue, igual me va a dar.

El guardia civil palmeó manos en alto y enrumbó hacia el árbol de la pena, liberó al viejo que levantó las manos al cielo y tras dirigir una mirada a las muchachas del kiosco, se arrodilló y besó las manos de su liberador.

-Vaya... -suspiró la forastera.

La chica del kiosco dudó sin saber si reír, llorar, a quién mirar; retiró al fin sus manos del mandil.

-Señorita...

La forastera replegó el abanico de su mirada.

-¿Me hablas a mí?

-A usted.

-¿Y qué hay?

-¿Irá a la fiesta con ese señor?

-Qué bonita pregunta...

El viejo y las perras se alejaban por el sendero flanqueado de estramonios en flor.

-Fugó el viejo -aseveró el guardia civil ya de vuelta, un cascabeleo de esposas se levantó desde su cintura-. Probable colaboración de mujeres, mi teniente.

-Felicitaciones guardia -aceptó la joven forastera: talones juntos, mano diestra a la sien, su rostro por fin iluminado-. La patria cree justo ascenderlo a mariscal.

El guardia y la muchacha, temblorosos recortes en papel cometa, se dejaron arrastrar por la desbocada risa de la chica del mostrador. Crepitaba el zinc en los techos de la comarca, murmuraban los arbustos secos a lo largo del Gran Cañón.

El guardia logró dominar el temblor de su voz.

-¿Cómo te llamabas, preciosa?

-Mariposa.

-¡Muchacha!

-Mariposa Barbarán.

Rugieron los camiones tras los montes y volvió el polvo a retomar su siempre turbado sueño de carreteras. Una nube solitaria alcanzó las remotas cumbres del sur.

El guardia se armó de valor.

-El sábado gozaremos de Izcuchaca. Y al siguiente día, de las fiestas de la Purísima.

-¿Te lo prometí, acaso?

-No; pero ahora se entiende así.

Ella no pudo contener una repentina carcajada; atinó a plegarse la falda bajo las rodillas, a despejar de su faz las sombras de otro recuerdo.

-Me iré a bañar.

Se echó el maletín al hombro y burlando al viento que persistía en acosar sus faldas abordó el camión que esperaba en puertas de la comisaría.

-Demoraré algo -dijo desde allí-. Pero no te desesperes. A veces es así.

El guardia la había seguido y colgaba ya del estribo del camión; el ayudante le sonreía desde los maderámenes del barandal...

-¡A las siete, mariposa!

-De algún día, mariscal.

Partió el camión, saltó el guardia civil del estribo y estuvo agitando su kepí hasta que el polvo lo enterró vivo en el cascajal.

Sol alto, oleaban los ecos de la carretera en el cañón, reverberaba el vasto río en la ardiente profundidad.

El camionero valoró de reojo a la muchacha -se alistaba a atravesar el puente-: veinticuatro años, pechos erguidos, a lo sumo novia. ¿Qué hacía en ese ardiente recodo de la carretera central?

-Yendo a Huancayo.

-¿No te quedas a la fiesta?

-Jamás voy a fiestas.

-¿Y tu amiguito, él va?

-¡Mi esposo!

-Caray... -El camionero se rectificó: treinta años, pechos habría que ver, dos hijos y quien sabe si otro en camino. ¿Por qué la había invitado a subir?

El camión bordeó la comisaría, esquivó al toro plateado que desde el mediodía bufaba en plena carretera y permitió a la forastera ver al viejo por última vez: tanteaba tembloroso las murallas del establo donde lo había encajonado el sendero indicado por el guardia civil.

Suspiró; el camionero se volvió a ella.

-¿Señora?

Y suspiró una vez más, con el polvo tras de sí, borrando barrancos, abismos y montañas con suave parpadeo, elevando a un cielo limpio de nubes la mirada: como cuando había cumplido los trece y alguien, por la ancha avenida, con disimulo la había comenzado a seguir. Todos los hombres eran así.

FIN