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A mi abuelo Desiderio Agüero
lo asesinaron a golpes
en la provincia de Cangallo, Ayacucho, allá por 1925.
Lo emboscaron en la propia recepción
de su cargo como sub-prefecto.
Medio centenar de puños
se ensañaron hasta la muerte contra él.
Los azuzadores fueron capturados
y purgaron venticinco años de cárcel
por el homicidio. Se apellidaban Rodríguez.
Hacendados de poca monta
y de medio pelo, pero hacendados al fin.
Tú no esperas muerte distinta.
Morir de cara a taimados anfitriones.
Llegar donde a uno lo esperan.
Para morir. Para vivir quizá aún más
de esa manera.
Mi abuelo camina dentro mío
con pasos semejantes a aquéllos.
Y su pequeña hija no derramó lagrimas,
meditó más bien.
Y su viuda, Aurora Prado, veló hasta el crepúsculo
por nietos tan indefensos.
Que él no conoció. Salvo de oídas.
A través de las ondas de la laguna
o del rumor de las hojas de cedrón de su pueblo.
Arbol tutelar de los andes del Perú.
Y que su nieto limeño --el último de la prole--
conoce también, pero sólo de oídas
y por el delicado perfume de la infusión.
5
Contra el secreto
de la interpretación. Lloro.
Hace días. Hace tiempo
que llorar quería.
Tanto tiempo que no entiendo.
Tantas horas que constituyen
ahora mismo mis pasos.
Mi cara de perro asomándose
en cualquier esquina.
Mi hermano Eduardo falleció hace un mes.
Murió como pobre, pero sin deudas.
Murió como pobre, pero sin dudas.
Sus manos no tenían dudas.
Tampoco su voz. Ni su amor.
Mi hermana Elena pagó los gastos
del crematorio. Y Lucy, su viuda,
guarda por nosotros las cenizas.
En todo esto, yo no participé sino
poniéndole los ojos en blanco
a una morena. Chivilla y blanquísima de ojos
mi negra. Igualita a la muerte.
6
A la memoria de mis hermanos Germán y Eduardo
Estás muerto. Muertísimo.
Hecho todo un cadáver.
No lo niegues.
Muertos tus recuerdos.
Muerto el amor
desde hace mucho tiempo.
Mano que se abre
y exhibe las entrañas.
Mano que se cierra
y escribe.
Has dosificado las palabras.
Pero tu corazón gira
sobre la estepa. Va dando tumbos.
Pero ahora es sólo la muerte.
Te llamo porque me muero.
Te digo adiós para siempre.
Juntos y disciplinados
todos. Calzados incómodamente
para esta nueva civilización.
Te llamo desde una ventana.
El Perú ha sido una trampa.
Trampa para los afectos,
para dejar la lengua
a la intemperie.
No amo al Perú.
El Perú no existe.
Tus manos tan sólo
a estas horas.
Y un muro de barro
con el tatuaje de un arcoiris.
En ese muro yo quisiera
penetrar. A ese altorrelieve
fundirme.
Qué fácil sale la poesía
de la muerte.
Te he llamado
pero aún no te lo he dicho.
Y no hay derecho alguno.
Y no hay pie sin bola.
Y nos la hemos pasado detrás.
Tristes ya y mareados
y exhaustos. Sin despachar el palo
ni pegar el balonazo.
Te he llamado para perderte.
Te he llamado
desde esta máscara de muerte.
Colmillos, mandíbula,
grandes cavidades oculares
de muerte.
Te he llamado
para ser un muerto.
Para desde los pies a la cabeza
ser un muerto.
Para que me des, querido mío, esta dádiva
y este consuelo.