CAZADOR DE GRINGAS

Me enamoraste con ese aire a putas
que llamea tu mirar brichero

Ana Bertha Vizcarra

Como le contaba, la gente nos ve como a bicho raro. Cuando camino por la calle bien aparrado de una gringa, al instante percibo sus miradas que dicen: "feo y enano y con una gringa mamacita". Pero usted sabrá que no es nada fácil computar gringas. Este oficio, no se ría, aunque no crea es un oficio como cualquier otro que tiene ventajas y desventajas. Figúrese que se encuentra con una gringa neurótica y feminista que le transfiere sus problemas. ¿Y que me dice de las frígidas? ¿Conoció a una frígida? ¿No conoció? Mejor no las conozca, porque ni un volcán en erupción las calienta. Ni qué hablar de las fumonas que sólo vienen al país a vacilarse con todo tipo de drogas. ¿Qué si yo fumo drogas? La verdad es que alguna vez lo hice, pero no gusto de ellas ni es mi estilo computar gringas por ese medio, aunque algunos bricheros lo hacen. También llegan las que buscan exóticas aventuras, porque en sus países andan tan mecanizadas que se olvidaron de esa palabrita amor. Es por eso que gustan de nosotros los latinos y dicen que somos ardientes y cariñosos.

¿Quiere saber sobre la extranjera de anoche? Bueno, a esa gringuita la conocí en la taberna Qhatuchay. Apenas ingresé al local, la vi y me dije: así me la recomendó el médico; no se ría, es cierto, era bonita la fulana, usted la conoce y no me dejará mentir. Estaba sola en una de las mesas, mirando embobada al grupo de invidentes que interpretaban una canción andina. Como le digo, me impresionó sobremanera y como hacía días andaba pateando latas, mis bolsillos silbaban de pena. Ahora el dinero no alcanza y eso me pasa desde que se marchó la norteamericana con quien conviví durante meses. La gringa era cosa seria. Imagínese que se enamoró locamente de mí, al extremo que prometió enviarme el pasaje para visitarle. La experiencia me enseñó que de esas promesas sólo viven los tontos. Pero no me quejo de los meses que pasamos juntos. Tenía mujer que más parecía maniquí de feria comercial, habitación en un hostal céntrico y comida de lo mejor. Figúrese que mis bolsillos siempre aparecían con dinero y todo por darle a la gringa un poco de amor. Y pensar que con ese dinero me emborrachaba hasta quedar nublado y ella, sumisa como toda esposa, me soportaba. ¿Y sabe por qué? Si algo me reprochaba se iba su andean lover. Las gringas podrán decir muchas cosas de mí, pero nunca que no las hice felices.

¿Qué no me vaya por la rama? Bien, iré al grano. Como le decía, la vi y al toque me acerqué a su mesa. En este oficio la competencia está al día. Ahora cualquier aprendiz de brichero te gana por puesta de mano y eso jode, porque las probabilidades de computar gringas se reducen a cero. Además, la gringa de anoche era nórdica de nacimiento. Aunque no le miento al decirle: fuese de donde fuese igual la hubiese enamorado. Ya podrá imaginarse que hacía días andaba como un cazador al acecho por lugares que frecuentan las gringas: plazoletas, cafetines, tabernas y complejos arqueológicos, hasta la noche de ayer en que la pude encontrar. Lo interesante de ella, como usted pudo comprobar, es que hablaba español. Dijo haberlo aprendido durante su estadía en Cataluña, veraneando en las tórridas playas de Costa Brava. De no hablar español hubiésemos dialogado en inglés, idioma que domino desde que me inicié en este oficio. ¿Qué cuanto tiempo llevo brichando? A decir verdad deben ser como diez años. Ahora recuerdo que la primera gringa que computé fue una sudafricana que era un sueño de mujer y créame que por vez primera perdí los papeles, mejor dicho me enamoré, hasta el extremo que la seguí hasta Corumbá, en Brasil, donde se me acabaron los últimos soles que tenía y tuve que regresar tirando dedo. Como ve, no todo es felicidad en este oficio. Conozco a muchos bricheros que de tan mala vida que llevaban envejecieron prematuramente y ahora las gringas no darían un solo puto dólar por ellos. Continuando con la nórdica, le diré que su profesión de sicóloga -según ella, le ayudaba a conocerse mejor y por ende a los demás- tampoco fue problema porque le cambié sus esquemas. ¿Qué como fue? Pues se lo contaré. Con la gringuita utilicé una vieja artimaña que siempre me dio buenos resultados. Se trataba de convencerla de que este encuentro no era casual, sino que se debía al magnetismo que irradía esta ciudad, haciendo posible que esa noche nos encontráramos, pues hacía tiempo la conocía en sueños. Sonriendo trató de explicarme sobre los sueños, citando no sé si a Jung o Adler. Como ve, la gringa intentaba conducirme al campo de la sicología. Entonces, para trastocarle sus teorías, le manifesté que como iniciado en la práctica del conocimiento del mundo mágico andino, tenía otra manera de percibir la realidad. Y no era la realidad simple que ve la mayoría de la gente, sino la realidad que está dentro de la misma reralidad. Y frente a ello, las intuiciones clínicas y psicoanalíticas nada tenían que hacer, ya que mi percepción provenía y se sustentaba en toda una creencia milenaria que solo se transfería a los elegidos. Ser elegido significaba haber pasado por diversas etapas de conocimiento, en las cuales el desapego por las cosas materiales es una de nuestras principales cualidades. Bueno, no crea que toda la noche nos pasamos hablando, no señor, también tomamos nuestras cervecitas que ella necesariamente tenía que pagar. Además, entre conversación y conversación, le agarraba la mano y susurrándola dulcemente al oído, salíamos a bailar. Como bailo de maravilla no sólo huayno, también salsa y rock, la muy condenada gozaba cuando la hacía girar como a trompo. Al final la gringa quedó convencida de que nuestro encuentro era mágico, y por efecto de la conversación y la cerveza afirmaba ser la reencarnación de una valkiria que se había perdido en el tiempo. Salimos de la taberna cuando las mesas estaban vacías y los mozos se aprestaban a limpiar el local.

Como afuera hacía frío, la abracé y caminamos bajo los portales de la Plaza de Armas, donde niños de rostros demacrados y soñolientos se acercaban a ofrecernos cigarrillos o pedirnos dinero. La noche era totalmente nuestra. Así, entre besos y abrazos, deambulamos por calles silenciosas hasta llegar al hostal en el que pernoctaríamos. En la penumbra de la habitación y echado sobre una cama matrimonial, empecé lentamente a desnudarla mientras la besaba y acariciaba. Todo marchaba a pedir de boca. Cuando me disponía a realizar el contacto final, usted me entiende, ocurrió lo inesperado. La gringa, abriendo desmesuradamente los ojos, se desprendió con violencia de mis brazos y, saltando de la cama, prorrumpió a gritar y lloriquear de una forma escandalosa que despertó al hostal. Como se podrá imaginar, yo estaba aturdido y desesperado por lo que acontecía, y temiendo que la conquista se truncara, me acerqué para tranquilizarla, pero la muy histérica, olvidándose de lo amorosa que estuvo, se me avalanzó como una gata enloquecida, intentando desfigurarme el rostro. Créame que nunca hago uso de la violencia y menos con mujeres indefensas. Por eso, no pensé que al atizarle el golpe la iba a dejar inconsciente. Cuando trataba de reanimarla y estando todavía en cueros, llegaron ustedes y sin mediar palabra alguna arremetieron a golpes, poniéndome de cara a la pared. Inútil fue protestar, ya que me callaron a punta de varazos y mentadas de madre. Lo demás usted lo sabe, porque estuvo cuando me trajeron esposado a esta comisaría. Ahora que se convenció de mi inocencia y de lo jodido que es ganarse la vida en este país, no dudará en dejarme en libertad, señor comisario.

Mario Guevara Paredes