Entre el regeneracionismo y el Volksgeist:
El joven Belaúnde y la generación española del 98
Carlos Arroyo Reyes
Centro de Estudios y Trabajos "América Latina"
Upsala, Suecia
Refiriéndose a las lecturas que prácticamente marcan su temprana evolución
intelectual, y subyacen en los artículos que en 1912 publica en la revista La
Ilustración Peruana y en su famoso discurso que después recoge en el
libro La crisis presente (1914), Víctor Andrés Belaúnde (1883-1966),
ya en el otoño de su vida, recuerda en sus escritos reunidos de manera póstuma
en Trayectoria y destino. Memorias (1967): «Mi cultivo de la
filosofía --dice-- me había habilitado para contemplar los principales
aspectos de la realidad peruana. Fue mi deseo comenzar por un estudio de la
sicología nacional y así inicié ensayos sobre esta materia en La
Ilustración Peruana (1912). Mi designación para el discurso de apertura
el año 1914, me ofreció la ocasión de hacer un estudio integral de la crisis
peruana, que se presentó precisamente el año 1913. Mi discurso tuvo una
resonancia mayor de la que yo esperaba. Y ella me alentó a estudiar otros
aspectos de la sociología nacional. Vieja era mi admiración por los ensayos
que se basan en una visión realista de la tierra y que se inspiran al mismo
tiempo en un elevado ideal político. Me he referido a la influencia que en mí
ejercieron los libros de Sarmiento: Facundo y Recuerdos de
Provincia, las Bases de Alberdi y sus Estudios Económicos.
Caí en esa época, también, bajo la seducción del admirable Joaquín Costa y
del injustamente olvidado Macías y Picavea. Hoy, en recuento de mis lecturas,
debo referirme al entusiasmo que me inspiraban las páginas de Ganivet y de
Unamuno, así como la pintura de la estepa castellana de Azorín. La visión
realista de nuestro medio, doblada al mismo tiempo de un criterio filosófico,
tuvo la inspiración de obras fundamentales: Los orígenes de la Francia
contemporánea de Taine y La Reforma espiritual y moral de la Francia de
Renán
».(1) Por lo visto, dentro del conjunto
de autores que atraen a Belaúnde y ejercen una gran influencia en sus primeras
aproximaciones a la realidad peruana, los intelectuales españoles ocupan un
lugar preponderante, tanto los que pertenecen al ciclo del denominado
regeneracionismo --Joaquín Costa (1846-1911) y Ricardo Macías Picavea
(1847-1899), sobre todo-- como los que forman parte de la generación del 98:
Angel Ganivet (1865-1898), José Martínez Ruiz (1873-1967) --el popular Azorín--
y, más que ningún otro, Miguel de Unamuno (1864-1936).
¿Cómo así, desde el primer momento que empieza a estudiar los problemas nacionales del Perú --estamos hablando de 1912 y 1914, o quizás de 1907, el año de su conferencia sobre «La Historia»--, el joven Belaúnde ya emplea gran parte del instrumental teórico del regeneracionismo y el noventayochismo españoles? La respuesta a esta interrogante se relaciona con un episodio breve pero fundamental en la biografía del joven Belaúnde, que algunos estudiosos de su obra, sin embargo, suelen pasar por alto:(2) la gran experiencia intelectual que, tanto para su cultura como para la propia definición de su personalidad, representa su estadía en la España de comienzos de siglo. Gracias a este periplo español, que hasta los últimos años de su vida evocará con mucho amor, el joven Belaúnde descubre o termina de conocer a autores como Costa, Macías Picavea y Unamuno que, por el mismo hecho de confrontarse con una realidad que ve muy parecida a la del Perú, van a influir decisivamente en sus primeros ejercicios de crítica sociológica, tal como veremos a continuación.
La experiencia española del joven Belaúnde
A fines de 1904, con el encargo de buscar en diversos archivos la información que la defensa del Perú requiere en el juicio de límites que en ese entonces sostiene con Bolivia, el joven Belaúnde tiene la oportunidad de viajar a España, en donde permanecerá hasta 1906. Durante los cerca de dos años que vive en la península ibérica, además de cumplir fiel y disciplinadamente con las labores asignadas por el Archivo de Límites de la Cancillería de su país, el joven Belaúnde puede familiarizarse con la cultura española del Novecientos y, de esta manera, llega a beber directamente de las fuentes de dos de las experiencias intelectuales que van a gravitar decisivamente en su obra juvenil: el regeneracionismo y el noventayochismo. Por esa misma época, el joven Belaúnde también alcanza a presenciar el impacto que el desarrollo del modernismo aún suscita en los medios hispánicos, hecho que, más allá de las buenas amistades y los recuerdos imperecederos, aparentemente no tiene una consecuencia directa e inmediata dentro de su evolución intelectual.
Cuando el joven Belaúnde arriba a Madrid, todavía se sienten los ecos del ciclo del regeneracionismo. El uso de las palabras «regeneración» y «regeneracionismo» se inicia en la retórica de la política española decimonónica, pero sólo aparecen como términos carismáticos en toda esa bibliografía regeneradora que empieza a publicarse tras el desastre militar del 98 y la pérdida de las últimas colonias ultramarinas españolas (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Dentro de esta copiosa literatura, pueden destacarse El problema nacional (1899), de Ricardo Macías Picavea; Los males de la patria y la futura revolución española (1890), de Lucas Mallada; La moral de la derrota (1900), de Luis Morote; Reconstitución y europeización de España (1900) y Oligarquía y caciquismo (1901), de Joaquín Costa; y Psicología del pueblo español (1902), de Rafael Altamira. Tal es el impacto que este tipo de obras llega a tener entre las nuevas promociones de intelectuales españoles, que Ramiro de Maeztu (1875-1936), con el correr de los años, reconocerá a Joaquín Costa como uno de los precursores de la generación del 98.(3)
Obstinadamente fijados en términos médicos (enfermedad de España, necesidad de diagnósticos, posibles remedios quirúrgicos), la mayoría de los estudios del regeneracionismo, como dice Juan-Carlos Mainer, patrocinan soluciones tan simples como voluntaristas para el «problema nacional» español (reforestación de la península, construcción de embalses para el regadío, aplicación del impuesto único, mejora de la educación técnica, etcétera); y reflejan la propensión a la elaboración de «sicologías nacionales» del sociologismo positivista, cuyo catastrofismo, tras el terrible dictamen de Edmond Demoulins sobre la superioridad étnica de los anglosajones, invade en esas fechas muchos países latinos.(4) Además, gran parte de los regeneracionistas, en su reacción contra el sistema político de la Restauración, confían en una dictadura momentánea como única medida posible ante la crisis. El propio Costa, urgido por la gravedad de las circunstancias, solía clamar por un «cirujano de hierro».
Desde la época que estudia en la Universidad de San Marcos y es atraído por la ilusión cientificista y positivista, el joven Belaúnde lee algo sobre la obra de Costa y Macías Picavia, dos de los principales adalides del regeneracionismo español. A raíz de la investigación que realiza para presentar su tesis de Bachiller en Jurisprudencia, La filosofía del derecho y el método positivo (1904), Belaúnde estudia algunos de los primeros libros de Costa, como La vida del Derecho (1876), Teoría del hecho jurídico, individual y social (1880) o Derecho municipal consuetudinario de España (1885). Por esa época, parece que Belaúnde también lee El problema nacional (1899), de Macías Picavia. Pero es en España, sin ninguna duda, donde el joven Belaúnde asimila lo medular del regeneracionismo y puede obtener las principales obras políticas de Costa, como Reconstitución y europeización de España (1900), Oligarquía y caciquismo (1901) y Política Quirúrgica (1903), que tanta resonancia van a tener en sus estudios sobre la realidad peruana. Como recuerda el propio Belaúnde: «Conocía las obras jurídicas de Joaquín Costa que me sirvieron para mi tesis sobre el método positivo y la filosofía del derecho y adquirí en España y leí con entusiasmo las otras obras políticas del sabio español. El P. Vélez me prestó el profundo libro El problema nacional de Macías y Picavea, que reiteró en mí la visión directa de la realidad político-social».(5)
Otro de los acontecimientos de la cultura española de comienzos de siglo que impacta positivamente en la formación espiritual del joven Belaúnde es el desarrollo de la llamada generación del 98. Herederos directos del regeneracionismo y contemporáneos del modernismo hispanoamericano --movimientos con los que a veces se confunde al noventayochismo--, los hombres del 98, como Unamuno, Azorín, Maeztu, Pío Baroja (1876-1952) o Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), ya se encuentran en plena actividad cuando el joven Belaúnde visita España. En un principio, los noventayochistas se muestran porosos a la europeización y el tipo de reformas que Costa y los regeneracionistas patrocinan, pero pronto, como señala Donald L. Shaw, renuncian a esos ideales en favor de un mito del Volksgeist en el que la regeneración debe provenir de dentro, desde el «alma española», operando a un nivel espiritual, o bien subordinando el ideal al mito.(6) Desde ese momento, los noventayochistas proceden a desentrañar su país, como si la consigna generacional fuese «conocer a España»: historia, naturaleza, gente, costumbres; pero, como lo que les angustia son los avatares del espíritu colectivo o el alma común, su interpretación de los problemas españoles asume términos «espirituales» y a veces se agota en la búsqueda de «ideas madres» o las fuerzas abstractas que supuestamente trabajan en la historia.(7) Gracias a que la mayoría de los noventayochistas son escritores memorables, acaban renovando el género que convierten en el principal instrumento de divulgación de sus ideas: el ensayo; y, además, contribuyen decisivamente a la modernización de la técnica de la novelística española.(8)
Entre los recuerdos del primer viaje de Belaúnde a España, salvo una que otra alusión a sus encuentros con Valle-Inclán, no hay referencias de que haya llegado a entablar amistad con Baroja, Maeztu, Azorín, Unamuno u otro miembro de la generación del 98. Sin embargo, existen algunos testimonios bastante interesantes sobre cómo el joven Belaúnde sigue de cerca la actuación pública de Unamuno, el integrante de la generación del 98 que más admira el peruano. Antes de dejar su país, Belaúnde ya conoce a Unamuno a través de su libro En torno al casticismo (1902); algunos de sus artículos sobre literatura hispanoamericana que desde 1901 publica en La Lectura, de Madrid; y sus colaboraciones en diversas publicaciones argentinas, como La Nación, que comúnmente reproducen los diarios limeños. Llevado justamente por la gran admiración que siente por Unamuno, el joven Belaúnde asiste a una de las conferencias que éste pronuncia contra la llamada Ley de Jurisdicciones: «Ante el desprestigio de los partidos históricos --recuerda Belaúnde-- parecía pues dibujarse ya la influencia militar con su indeclinable lealtad al Rey. Esta situación del ejército explica la famosa ley llamada de jurisdicciones que extendía a la militar los delitos atentatorios de la institución armada. La referida ley suscitó un formidable movimiento de opinión. Se movilizó el propio Costa desde su retiro de Graus para informar ante la Comisión de las Cámaras. Melquiades Alvarez lucía una elocuencia castelariana y Unamuno fue invitado a dictar una conferencia en el Teatro de la Princesa. Conseguí asistir a ella llevado por mi admiración al paradójico don Miguel. Con su perfil aguileño, la barba corta y su vestimenta de pastor protestante, se extendió en disquisiciones lexicográficas sobre la palabra militarismo, con apuntes aquí y allá, intencionados, pero concluyó desgraciadamente, con asombro del público, con esa frase enigmática: "puede ser que el militarismo salve a España". Yo no podría decir si aquello era ironía o perfilaba ya la esperanza de que fracasadas las fuerzas vivas viniera la solución radical de la fuerza. Don Miguel era un inquietador, un removedor de ideas, y no podía exigírsele la lógica secuencia de una tesis verdadera. En algunos se produjo la impresión de que el Rector de Salamanca había querido esquivar el tema. Sábelo Dios».(9) Belaúnde alude aquí a la conferencia que Unamuno pronuncia el 25 de febrero de 1906 en el teatro de la Zarzuela en Madrid.
Otro de los fenómenos culturales que el joven Belaúnde puede observar durante su primera estancia en España es el impacto que en los predios literarios de ese país todavía suscita el desarrollo del modernismo. Justo por la época que el joven Belaúnde llega a Madrid, Rubén Darío (1867-1916), el líder indiscutible del modernismo, ya ejerce una notable influencia tanto en Manuel Machado (1874-1974) y Francisco Villaaespesa (1876-1936), como en las primeras obras de Valle-Inclán, Antonio Machado (1875-1939) y Juan Ramón Jiménez (1881-1958), aunque estos últimos se separarían de él antes o después. Frente a los escritores de la generación del 98, preocupados básicamente por el estudio del «alma española», los modernistas aparecen como cosmopolistas y torremarfilistas, pues, al igual que Walter Pater y Oscar Wilde en Gran Bretaña o los parnasianos en Francia, se dedican a un esteticismo conciente, al Arte como supremo absoluto, a la Belleza como máximo ideal, y a la radical renovación formal de la prosa y la poesía, como medios para su consecución. También exaltan la imaginación creativa y la fantasía como opuestas a la observación realista y a los cánones aceptados por la literatura burguesa del siglo XIX.(10) Gracias a los estudios de Octavio Paz, hoy sabemos que el esteticismo de los modernistas fue algo más que un simple hedonismo: fue una rebelión contra la presión social y una crítica de la abyecta actualidad latinoamericana.(11)
A través del poeta peruano José Santos Chocano (1875-1934), que por ese entonces también se encuentra de paso en Madrid, el joven Belaúnde puede conocer a Darío; trabar amistad con el modernista mexicano Amado Nervo (1870-1919); y relacionarse con el mundo literario español, particularmente con aquellos escritores que acusan recibo del impacto del modernismo, como Valle-Inclán y, sobre todo, Villaespesa: «Alojado como Chocano en el Hotel Santa Cruz de la calle de Alcalá, durante mi primera estancia en Madrid --recuerda Belaúnde--, tuve ocasión de vincularme con los literatos y poetas españoles, íntimos amigos y colegas del poeta peruano. Y así conocí yo a Rubén Darío, creándose entre el maestro y su oscuro admirador peruano un vínculo de simpatía que él reflejó en una significativa dedicatoria de Prosas Profanas. Uno de los rasgos geniales de Darío era su bondad y su carácter infantil en contraste con Gómez Carrillo, malicioso, chispeante y lleno de intención, diríase un granuja genial de las letras. Conocí también a Amado Nervo y me sedujo desde entonces su sentido místico y la dulzura de su trato, amistad que debería cultivar de nuevo en Montevideo hasta su muerte. En aquellos animados almuerzos del Hotel Santa Cruz oía a Rubén leer con voz pausada su cordial dedicatoria al nuevo libro de Chocano Alma América ».(12)
Por último, gracias a Darío, el joven Belaúnde conoce a Valle-Inclán desde la época de su primera estancia en España. Pero, en realidad, la amistad entre estos dos escritores recién cuaja en 1921, cuando Belaúnde, en compañía del historiador peruano Raúl Porras Barrenechea (1897-1960), encuentra a Valle-Inclán en México y permanecen una temporada en el Hotel San Regis: «Mi gran solaz en esos días --recuerda Belaúnde-- fueron los diálogos en compañía de Raúl Porras, siempre cordial conmigo a pesar de las diferencias políticas, y con el insigne Valle-Inclán, el más destacado de los invitados intelectuales. Era yo su compañero de mesa en el hotel Regis. Esta circunstancia y mi admiración por el gran novelista, crearon entre nosotros una vinculación hecha de confianza y de simpatía. Valle-Inclán era un monologuista eximio. Nos hablaba de sus preferencias o amores literarios y su concepto del estilo. Irreverente e iconoclasta, no respetaba ni al propio Cervantes. "Con más oído, Cervantes habría comenzado el Quijote no diciendo: En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Habría suprimido el horrible cuyo, poniendo con más elegancia: En un lugar de la Mancha, del nombre no quiero acordarme" ... ». (13) En esa oportunidad, Valle-Inclán, que ya anda acopiando semblanzas de personajes, detalles de la vida y locuciones que habría de utilizar luego en su Tirano Banderas (1926), le propone a Belaúnde --cosa que el peruano no acepta-- asociarse con él en una gira de conferencias por toda Latinoamérica, partiendo las utilidades.(14)
La realidad peruana y el espejo español
¿Cuáles son las huellas que la estancia en la España de comienzos de siglo deja en la cultura y la personalidad de Belaúnde? ¿De qué manera los autores que el joven Belaúnde descubre o termina de conocer durante su periplo español influyen en lo que son sus primeras aproximaciones a la realidad peruana: La crisis presente (1914) y la serie de artículos reunidos en Meditaciones peruanas (1907-1921), sobre todo? ¿Cuál es, en fin, la importancia que el regeneracionismo y el noventayochismo españoles tienen dentro de lo que, para decirlo como César Pacheco Vélez, es la etapa del «reformismo demoliberal» de Belaúnde, vale decir, los años de su vida que corren entre 1904 y 1925? (15)
Porras Barrenechea se refiere a este problema en un discurso que pronuncia a comienzos de 1944, durante el homenaje que la Universidad de San Marcos y la Academia Peruana de la Lengua tributan a Belaúnde con motivo de sus 60 años de existencia. Al momento de hablar sobre lo que la estadía en la España de comienzos de siglo significa en el desarrollo intelectual y espiritual de Belaúnde, Porras Barrenechea incide tanto en las enseñanzas del análisis del alma española y la suerte de examen de conciencia de la generación del 98 como en el embrujo de los libros de los regeneracionistas Costa y Macías Picavea, que son los que le ayudan a hallar el camino de sus futuras reflexiones sobre la realidad nacional del Perú: «En España --dice Porras Barrenechea, dirigiéndose a Belaúnde-- recibisteis la influencia de los grandes maestros liberales de entonces --Posadas, Sales y Ferré, Salmerón y Giner de los Ríos--, quienes os dieron, sobre todo este último, no sólo nuevas ideas sino métodos más modernos de enseñanza y de investigación universitarias. En ella hicisteis también esa camaradería intelectual, tan cálida y fácil para vuestro espíritu comunicativo, gracias a esa insólita hermandad de vuestros brazos abiertos que os captan inmediatamente la simpatía y la familiaridad en todos los medios a que llegáis. Allí se inició vuestra íntima fraternidad con Amado Nervo y vuestra cordial relación con Darío, con los Machado, con Manuel Cossío, que os inició en la admiración espectral del Greco, bastante acorde con vuestra tendencia mística, con Valle-Inclán, a quien vimos más tarde en México, con Benavente y los formidables eruditos don Marcelino Menéndez y Pelayo y don Ramón Menéndez Pidal. Vuestro aprendizaje esencial fue el del análisis del alma española y el aguzado examen de conciencia que la generación del 98 hizo de la historia y del espíritu de su pueblo en las obras de Ganivet, de Unamuno, de Macías Picavea y de Joaquín Costa. En ellas, principalmente en las obras de los dos últimos, en El Problema nacional de Macías Picavea y en los libros detonantes de Costa, Oligarquía y caciquismo y Política Quirúrgica, que os sugestionaron más que los otros, hallasteis el camino de vuestros futuros libros y meditaciones sobre el Perú. Costa, sobre todo, con su acento profético y su frase catilinaria, se os aparecía con toda la prestancia panfletaria de González Prada, pero sin su radicalismo y con un programa constructor». (16)
Más tarde, en El sentido tradicional de la literatura peruana (1945), Porras Barrenechea vuelve a ocuparse del asunto de la influencia que la generación española del 98 ejerce sobre el joven Belaúnde. Lo que Porras Barrenechea destaca ahora son las similitudes que existen, particularmente en el campo del estudio de los problemas nacionales, entre los miembros de la generación española de 1898 y los intelectuales peruanos de la generación del Novecientos, a la que, además de Belaúnde, pertenecen José de la Riva-Aguero (1885-1944) y los hermanos Francisco (1883-1953) y Ventura García Calderón (1886-1959): «Siguiendo la huella abierta por el discurso universitario de Prado de 1894 sobre la época colonial --dice--, la generación novecentista volcó su espíritu de investigación sobre el reciente pasado republicano y sobre el presente del Perú, iniciando con el mismo espíritu inquieto y renovador de la generación española de 1898, el análisis del Perú, de los elementos formativos de su conciencia nacional, de sus instituciones, de sus hombres y de su proceso intelectual y social. A esta auscultación se debieron libros fundamentales para el derrotero de nuestra cultura como El Perú contemporáneo (1906), de Francisco García Calderón; El carácter de la literatura del Perú independiente, de José de la Riva Agüero (1905), revelador del proceso de nuestra historia literaria; La historia en el Perú, del mismo Riva Agüero, poderosa revisión y crítica de nuestras fuentes y valores históricos, Del romanticismo al modernismo, de Ventura García Calderón, primera interpretación estética y creadora de nuestra literatura y como los libros posteriores de madurez de Víctor Andrés Belaunde: La crisis presente (1914), La realidad nacional (1917), Meditaciones peruanas (1933) y Peruanidad (1934)».(17)
A partir de lo dicho por Porras Barrenechea, puede afirmarse que los regeneracionistas españoles, Costa y Macías Picavea sobre todo, ocupan un lugar privilegiado dentro de los autores que influyen en las primeras aproximaciones de Belaúnde al problema nacional peruano. El propio Belaúnde, como ya hemos visto, también reconoce que en su juventud cae «bajo la seducción del admirable Joaquín Costa y del injustamente olvidado Macías y Picavea»;(18) e incluso, en otra oportunidad, sostiene enfáticamente que su preferencia por estos autores se debe a la analogía que existe entre las estructuras socioeconómicas de España y el Perú: «Convencido --dice-- de que los pueblos europeos de complicada estructura capitalista e industrial no guardaban analogía con el nuestro, y que si la tenía España, me sustenté largamente con el olvidado Macías Picavea y el formidable Costa. El problema nacional, Oligarquía y caciquismo, Política hidráulica, Europeización de España fueron leídos ávidamente por mí».(19)
Tomando en cuenta estas coincidencias, Osmar Gonzales ha sugerido últimamente que podría resultar interesante establecer coordenadas entre las observaciones que Belaúnde formula a la clase política peruana con la crítica que Costa hace a las élites españolas.(20) Viene al caso la comparación que Gonzales propone, pues el joven Belaúnde --tal como puede apreciarse en algunos de los ensayos que escribe por esa época y que luego formarán parte de su libro Meditaciones peruanas (1907-1921)-- es efectivamente el primero en denunciar, con fórmula tomada de Costa, el abismo que en el Perú separa al país real del país oficial; y es también el primero en formular un programa de reformas. Son páginas, como dice Pacheco Vélez, densas, fervorosas y urgidas, escritas en el fragor de la crítica contra aquello que el joven Belaúnde veía como los peores adversarios internos del Perú de ese entonces: la plutocracia costeña, el caciquismo serrano y la burocracia militar.(21) Lo mismo puede decirse del tipo de crítica contra el cesarismo burocrático peruano que posteriormente Belaúnde emprende en uno de los capítulos de La realidad nacional (1929-1931): «Aun antes de la tiranía --dice--, entre nosotros el país legal no correspondía al país real, empleando la famosa frase de Costa. Por debajo de las etiquetas y denominaciones de los partidos en el Perú sólo ha habido tres fuerzas políticas: la plutocracia costeña, la burocracia militar y el caciquismo serrano, que podríamos llamar también caciquismo parlamentario... ».(22)
Pero, además del tipo de crítica a la clase política y la denuncia sobre el abismo que separa al país oficial del país real --tema que, en el caso peruano, puede remitirnos al Manuel González Prada (1844-1918) del «Discurso en el Politeama» (1888)--,(23) también existe otro punto de contacto entre los estudios de los regeneracionistas españoles y la crítica sociológica del joven Belaúnde: la propensión a la elaboración de «sicologías nacionales» de raigambre positivista. Eso es lo que hace Macías Picavea en El problema nacional (1899), cuando caracteriza a España como un pueblo enfermo y habla de sus vicios o caracteres (la idiocia, el psitacismo y la atrofia). El propio Costa, como recuerda E. Inman Fox, también cree en la necesidad de indagar en la sicología colectiva del pueblo español, y ahí es donde encuentra los grandes defectos de España (la incapacidad de organizar instituciones modernas de gobierno y administración, el atraso intelectual, la incultura, el analfabetismo, la carestía de subsistencias, etcétera).(24) El mismo temperamento se aprecia, por último, en el libro Psicología del pueblo español (1902), del Rafael Altamira, que acaso el joven Belaúnde también conoce. Entonces, no tiene nada de raro que el joven Belaúnde, que por esa época anda bastante influenciado por los trabajos sobre la sicología colectiva de los pueblos del regeneracionismo español, decida iniciar sus reflexiones sobre la realidad peruana precisamente con un estudio de sicología nacional, tal como ocurre con los seis artículos que en 1912, bajo el título de «Ensayos de Psicología Nacional», publica en la revista La Ilustración Peruana. En 1917, el joven Belaúnde vuelve a ocuparse del mismo tema en un estudio que hasta por el título evidencia su talante regeneracionista: «Los factores psíquicos de la desviación nacional».
En su discurso anteriormente citado, Porras Barrenechea da también en el clavo cuando destaca que Unamuno es el miembro de la generación del 98 que más impacto llega a tener en el pensamiento del joven Belaúnde, pues existen innumerables muestras de que ello efectivamente ocurre tanto en su crítica sociológica como en sus propias concepciones filosóficas. En su libro de memorias, el propio Belaúnde habla sobre cómo, en la década del diez, Unamuno contribuye a su temporal aproximación al vitalismo bergsoniano y a la superación de su inicial positivismo, del que hace gala en su tesis universitaria La filosofía del derecho y el método positivo (1904): «En mis vacaciones de ese año [1911-1912] --dice-- leí La Evolución Creadora, de Bergson, que recomendaba don Miguel de Unamuno, llamándole libro inefable».(25) Por 1915, cuando reanuda sus meditaciones sobre Pascal y Spinoza y siente la necesidad de reflexionar sobre la vida interior --estudios que en 1924 lo llevan al socialcristianismo--,(26) Belaúnde termina de identificarse con Unamuno y lo considera como su preferido entre los muchos escritores españoles que habitualmente lee: «Es un imperativo que no podemos descuidar --escribe-- por venir no sólo de la inteligencia sino de la vida. Y constituye por lo mismo, en el pensar filosófico, una experiencia metafísica como la incertidumbre cartesiana de la propia existencia. Existimos en el ritmo de inquietud y serenidad; no existimos simple y puramente. No hay un existir en abstracto. Se comprende por lo anterior mi admiración por Unamuno y mi preferencia sobre los otros escritores hispánicos».(27)
Sin embargo, la gran influencia que Unamuno llega a ejercer sobre el joven Belaúnde gira alrededor de la búsqueda del Volksgeist y la tendencia al historicismo. Un poco regresando a Federico Hegel por la vía de Hipólito Taine,(28) Unamuno se refiere tempranamente a la cuestión del espíritu colectivo del pueblo, el alma común y el Volksgeist en una serie de artículos que publica en 1895 y después recoge en su libro En torno al casticismo (1902),(29) que es uno de los textos unamunianos que más influye en los novecentistas peruanos. En este libro, Unamuno habla también de las fuerzas abstractas que trabajan en la historia y cree que esta última ejerce un gran rol en la formación de la conciencia nacional.(30) Belaúnde alude justamente a dichas enseñanzas unamunianas cuando escribe estas importantes líneas, que acaso pueden leerse como el testimonio de toda su generación: «Sobre cualquier tema de investigación concreta --dice-- debería yo preferir la exposición de mi punto de vista sobre la importancia de la historia en la formación de la conciencia nacional. Era el tema más importante dentro de las preocupaciones de mi generación. Bajo la influencia de Unamuno y de las corrientes filosóficas que hablaban del subconsciente individual y colectivo, traté de darle un giro de cierta originalidad; comencé, no sin cierta sorpresa de parte de mis confidentes y después del público, sosteniendo la tesis que la Historia era una liberación de aquellas fuerzas ocultas y subyacentes que detienen a los pueblos en su desenvolvimiento. La historia así, es no sólo la forjadora de la conciencia colectiva sino la depuradora de los factores subconscientes, instintos o impulsos hereditarios, contrarios a la evolución y al progreso».(31) Belaúnde se refiere aquí a su discurso sobre «La Historia», que allá por 1907 pronuncia en el Instituto Histórico, en donde, recurriendo a sus lecturas unamunianas, ya habla del concepto de «alma nacional» y considera a la historia como una ciencia liberadora que ayuda a aflorar el pasado de los pueblos adormecidos en su subconsciente. (32)
Finalmente, lo que no queda muy claro, o en todo caso merece discutirse un poco más, es lo que la presencia de Darío, Nervo o Valle-Inclán representa dentro de la formación intelectual y espiritual del joven Belaúnde. Como es más o menos conocido, Belaúnde no llega a incursionar en la creación ni en la crítica literaria. Sus únicos trabajos que, en cierta forma, orillan estas cuestiones son Hispanic American Culture (1923), un ensayo panorámico sobre la evolución historica y literaria hispanoamerica que escribe en la época que trabaja como docente en diversas universidades norteamericanas; y, muy especialmente, la conferencia sobre Nervo que en 1919 pronuncia en Montevideo, a los pocos días del fallecimiento de este insigne poeta. Además, a diferencia de otros novecentistas peruanos como Riva-Agüero, el joven Belaúnde no es un antimodernista a ultranza; pero, como Ventura García Calderón, tampoco es un afrancesado convicto y confeso. Aunque hay testimonios de que durante sus años universitarios solía recitar versos de José Asunción Silva, de Manuel Gutiérrez Nájera y de Nervo(33) --lo que ya indica cierta propensión a la poesía modernista-- o de que en 1907 piensa escribir un estudio crítico sobre la poesía de Unamuno --lo que no llega a ocurrir--,(34) no existen evidencias concretas de que por ese entonces el joven Belaúnde haya compartido la estética del modernismo ni el tipo de cosmopolitismo que éste postulaba. En la discusión en torno al afrancesamiento de las letras hispanoamericas --que es una de las aristas de la polémica que, a comienzos de siglo, suscita la aparición del modernismo--, quizás pueda haber estado más cerca de Unamuno y Riva-Agüero que de Ventura García Calderón y Darío. No hay forma de saberlo ahora.
En cambio, lo que sí conocemos es que Belaúnde nunca dejó de recordar con cariño y aprecio a Darío, Nervo o Valle-Inclán. Uno de sus discípulos más cercanos, César Pacheco Vélez, menciona que entre la serie de cosas que Belaúnde guardaba como verdaderas preseas, en el estudio de su casa, en San Isidro, figuraban el original de un poema de Darío, la mascarilla mortuoria de Nervo y unos dibujos de Valle-Inclán.(35) En esta actitud debe haber jugado cierto rol el hecho de que Belaúnde, más allá de su predilección por el ensayo y la oratoria, siempre se mostró poroso ante la literatura y el arte en general. Puede ser, también, que Darío, Nervo y Valle-Inclán fueron parte esencial de las amistades y los recuerdos de una época --su estancia en la España de comienzos de siglo-- que acaso fue la que siempre más añoró.
(1998)
1. Belaúnde, Víctor Andrés: Trayectoria y destino. Memorias, Lima, Ediciones de Ediventas, 1967, tomo II, págs. 1020-1021
2. Ver, por ejemplo, «El joven Víctor Andrés (1905-1921)», en Planas, Pedro: El 900. Balance y recuperación, Lima, CITDEC, 1984, págs. 337-350.
3. Shaw, Donald L.: La generación del 98, 6º Edición, Madrid, Cátedra, 1989, pág. 26.
4. Mainer, José-Carlos: Modernismo y 98, Tomo VI de Historia y crítica de la literatura española, Barcelona, Editorial Crítica, 1980, pág. 93.
5. Belaúnde, Víctor Andrés: Op. cit., tomo II, pág. 458.
6. Shaw, Donald L.: Op. cit., pág. 26
7. Ibíd., págs. 261 y 76-77.
8. Ibíd., págs. 262-263.
9. Belaúnde, Víctor Andrés: Op. cit., tomo I, págs. 312-313.
10. Shaw, Donald L.: Op. cit., pág. 20.
11. Paz, Octavio: Cuadrivivio, 2º Edición, Barcelona, Seix Barral, 1991, pág. 13.
12. Belaúnde, Víctor Andrés: Op. cit., tomo I, pág. 317.
13. Ibid., tomo II, pág. 649.
14. Ibid., tomo II, págs. 650-651.
15. Pacheco Vélez, César: «Nota introductoria a las Obras Completas de Víctor Andrés Belaúnde», en Belaúnde, Víctor Andrés: Obras Completas, tomo I, Lima, Edición de la Comisión Nacional del Centenario de Víctor Andrés Belaunde, 1987, pág. XI. El segundo período de la vida de Belaúnde, según el mismo Pacheco Vélez, es la etapa del «reformismo socialcristiano».
16. Porras Barrenechea, Raúl: «Víctor Andrés Belaúnde, maestro de la peruanidad» [25 de enero de 1944], en Belaúnde, Víctor Andrés: Obras Completas, tomo I, pág. XLV.
17. Porras Barrenechea, Raúl: El sentido tradicional de la literatura peruana [1945], Lima, Instituto Raúl Porras Barrenechea, 1969, págs. 85-86.
18. Ver nota número uno.
19. Belaúnde, Víctor Andrés: La realidad nacional [1929-1931], Obras Completas, tomo III, pág. 29.
20. Gonzales, Omar: Sanchos Fracasados. Los arielistas y el pensamiento político peruano, Lima, Ediciones Preal, 1996, pág. 305.
21. Pacheco Vélez, César: «Nota introductoria a las Obras Completas de Víctor Andrés Belaúnde», en Belaúnde, Víctor Andrés: Obras Completas, tomo I, págs. XIII y XXIV-XX.
22. Belaúnde, Víctor Andrés: La realidad nacional [1929-1931], Obras Completas, tomo III, pág. 135. Las cursivas son del propio autor.
23. Esto es lo que afirma González Prada: «No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico y los Andes; la nación está formada por las muchedumbres de indios desaminadas en la banda oriental de la cordillera». Ver González Prada, Manuel: Páginas libres/ Horas de lucha, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1976, págs. 45-46.
24. Fox, Inman E.: La invención de España. Nacionalismo liberal e identidad nacional, Madrid, Cátedra, 1997, pág. 61.
25. Belaúnde, Víctor Andrés: Trayectoria y destino. Memorias, tomo I, págs. 413-414.
26. Para una discusión de las diversas estaciones filosóficas (el positivismo, el bergsonismo, la meditación de Spinoza y Kant, la influencia pascaliana, San Agustín y el tomismo) por las que pasa Belaúnde, ver Salazar Bondy, Augusto: Historia de las ideas en el Perú contemporáneo, Lima, Francisco Moncloa Editores, 1965, tomo I, págs. 202-213.
27. Belaúnde, Víctor Andrés: Op. cit., tomo II, pág. 502.
28. Shaw, Donald L.: Op. cit., pág. 75. Sobre las influencias de Taine en el primer Unamuno -algo en lo que también coinciden los novecentistas peruanos y el noventayochista español- , ver Fox, Inman E.: Op. cit., pág. 121.
29. Unamuno, Miguel de: En torno al casticismo [1902], Madrid, Alianza Editorial, 1986, pág. 139.
30. Shaw, Donald L.: Op. cit, págs. 76-77.
31. Belaúnde, Víctor Andrés: Trayectoria y destino. Memorias, tomo I, pág. 348.
32. Ver Belaúnde, Víctor Andrés: Meditaciones peruanas (1907-1921), Obras Completas, tomo II, págs. 21-37.
33. Porras Barrenechea, Raúl: "Víctor Andrés Belaúnde, maestro de la peruanidad" [25 de enero de 1944], en Belaúnde, Víctor Andrés: Obras Completas, tomo I, pág. XXXIX.
34. En una carta del 7 de noviembre de 1907, Riva-Agüero le comenta a Unamuno que Belaúnde es uno de sus más fervientes admiradores en el Perú y pronto piensa publicar un estudio sobre su obra poética. Citado en Chaves, Julio César: Unamuno y América, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1964, pág. 341.
35. Pacheco Vélez, César: «Estudio preliminar», en Belaúnde, Víctor Andrés: Trayectoria y destino. Memorias, tomo I, pág. XV.