Los inconvenientes de no ser limeña: la cicatriz de la subalternidad en
“Reina de Corazones” de Jorge Eslava
Fernando Rodríguez Mansilla
Como objeto cultural, la literatura es susceptible de un análisis que indague por la configuración de sujetos en la sociedad que la ve surgir. El relato “Reina de Corazones” incluido en el libro Navajas en el paladar (1995), se muestra especialmente sugestivo al presentarnos las fluctuaciones de una piraña, una chica de la calle, que abraza el proyecto de insertarse en un paradigma de mujer que se le ofrece como el más atractivo, como “el mejor” a todas luces. Sin embargo, es su derrota final la que saca a la luz los varios problemas que el proyecto carga en sí mismo: la feminidad, la extracción andina y su condición de marginal, que se convierten en estigmas que se materializan a través de una huella física.
Contado en primera persona, el cuento sigue la dinámica de la confesión, provocada por el “bajón” anímico que se produce tras la inhalación de pegamento. Nuestra protagonista, la Limeña, expone sus angustias y fantasías respecto de su pasado, marcado por el abuso de su padrino, quien la viola, el encierro en un albergue tras un aborto, y su posterior vida criminal, que la conduce a la identificación con una estrella de la música, Alejandra Guzmán, a quien aspira emular y, a su vez, dedica su relato confesional.
Para quien, como el que habla, viene de los predios de la novela picaresca del Siglo de Oro (cuya forma narrativa precisamente es la confesión de un delincuente) el aspecto más saltante durante la lectura de “Reina de Corazones” es que el Estado no aparece en ningún lugar del texto. Una hipótesis sería el hecho de que actualmente, la ausencia de autoridad visible, o palpable, a través de instituciones o símbolos (como lo era la picota en las ciudades del antiguo régimen) provocada por la liberalización economía, ha puesto en evidencia el poder anónimo del dinero, vuelto valor universal (cfr. Medina 30-31). Pero si el relato picaresco canónico involucra dirigirse a una autoridad y subvertir su poder mediante la apropiación del discurso retórico legalista, ¿a quién se dirige ahora el pícaro? A nadie más que a Alejandra Guzmán, cuya representación idealizada se erige como sustituto del Estado, al volverse la instancia de exculpación de nuestra protagonista.
Veamos en detalle esta relectura del género picaresco. En una situación de anomia social, con un Estado ausente, La Limeña abandona los modelos que tiene más cercanos (el sujeto obediente que buscan las monjas del albergue donde es recluida, el sujeto marginal que es en la calle) y opta por uno propio y muy particular, que antes que asimilar la retórica de la autoridad se opone radicalmente a esta: Alejandra Guzmán. En este elemento también es posible encontrar una inversión en el aspecto religioso: si el “marianismo” es aquel patrón de creencias y prácticas cuyo pilar es la idea de la superioridad moral de las mujeres (Cfr. Fuller 37), La Limeña lo rechaza y se entrega a la voluptuosidad que destila la estrella pop. Esto, probablemente, pueda también explicarse al considerar el lugar que ocupa la televisión en la actualidad como configurador de identidades por encima del discurso letrado.
¿Cuál es el conflicto de La Limeña? No estar conforme con un proyecto que le impone la subalternidad. El padrino la vuelve objeto sexual, mientras que las monjas la quieren volver una empleada doméstica. Una vez que La Limeña abre los ojos ante esta realidad, solo le queda el camino de la transgresión. De allí que su proyecto personal es ser como Alejandra Guzmán:
Polla en el albergue, corcho libre, requisitoriada y dos ingresos. Mamita del ritmo, salsa y tecnoroc en El Dorado. Piola en el cole solo hasta quinto grado por violación y embarazo, pero soy de nadie. Linda como la Reina de Corazones. Chévere como la Alejandra. Pero nunca linda por esta maldita cicatriz en el cachete. (72)
Se refiere a la conocida canción de Alejandra Guzmán, especie de Madonna mexicana, pero con matices particulares. En dicha canción el “yo” se representa como una femme fatale en versión latinoamericana: la mujer cruel que juega con los hombres cuyo icono más popular fue la mítica María Félix. La Limeña quisiera insertarse en este paradigma. Ni ángel ni demonio, ni virgen ni prostituta. Y conviene remarcar este “quisiera” porque la cicatriz aparece como el factor que frustra su proyecto. La cicatriz es una huella física, producto de una riña. “Un cabro me metió un picazo y me jodió. Veintitrés puntos en el Dos de Mayo y una chuceada para toda la vida” (72-73). Nótese que el ideal es quebrado por un hombre, aunque también este opte por transgredir el paradigma que le es asignado: su propia masculinidad. Sin embargo, el travesti sí lo logra (la transgresión), mientras que ella no.
Alejandra Guzmán ha tenido una experiencia similar a la de La Limeña, al menos eso cree esta última. Pero La Guzmán sale en televisión y es el medio audiovisual el que la ha redimido y “purificado”. De esa forma, Alejandra es y no es, al mismo tiempo, marginal. Su conducta no ha cambiado (es “chévere y huasca”), pero no sufre como La Limeña. No pasa hambre. En suma, Alejandra se constituye como otro modelo de feminidad y como transgresora del orden existente. Ella desafía el establishment siendo lo que ahora es, la Reina de Corazones:
Cuero negro, cerquillo salvaje y mojado, boca de azúcar. Besarás con quemadura de veneno y miel en la noche de la iguana. Como en tus canciones. Noche de mariguana y eternamente bella. Hechizo de gitana, como yo, Reina de Corazones. Bravaza con mis botas por el parquecito del Cheraton y por el Riviera. Nunca ruca, chuchumeca. (73)
He aquí la posición liminal de la mujer mala latinoamericana: provocar a los hombres y no entregarse. “Distante y lejana. Pasión de pasiones. Sueño de todos. Propiedad de nadie. Provócame” (73). Recordemos que conservar el honor sexual (“nunca ruca, chuchumeca”) es tradicionalmente una virtud y además se asocia con la esencia femenina (Cfr. Ponce y La Rosa 59). El sexo no está en juego, pues es propiedad y elección de la mujer, sino el deseo. De lo que se trata es ejercer la provocación, justamente aquello que sancionaban las monjas. Provocar y no satisfacer es también una suerte de venganza ante quien ultraja, tener control sobre el hombre, el padrino. Lo sancionado, lo pecaminoso, se transforma en un valor en el nuevo paradigma femenino de La Limeña:
Soy la Reina de Corazones. El deseo. La manzana del paraíso. Las monjas me persiguen con zapateras y picos de botella por la Cachina, achicándose y creciendo como los gallinazos, y tú, Alejandra, eternamente bella cantas desde el cielo. (74)
Así, se instituye una nueva religión basada en la imagen, en lo estrictamente visible: la divinidad benefactora es una pícara redimida y erigida en la autoridad que perdona gracias a la televisión. El proyecto de La Limeña se yergue en su fantasía de terokal, pero se desbarata en cada momento de lucidez. “Jamás la reina. Ni la princesa encantada con esta maldita cicatriz, cabro de mierda, injustamente bella” (74). La nueva religión impone un camino de salvación que no pasa por un giro espiritual o la adopción de ideas, de abstracciones. Todo lo contrario: se impone un culto a la imagen y a rituales que se centran en el físico. La purificación es un proceso de maquillaje corpóreo: nuestra protagonista carga con lápices de labios, delineadores de ojos y se unta crema para la piel.
Evidentemente, este proyecto se presenta como una alternativa al modelo que se le impone en el albergue, cuyo recuerdo abre el relato. En este lugar, identificado como un purgatorio por las propias monjas, La Limeña padece terribles sermones.
Negro pecado… me hacían persignarme para que limpie mi alma sucia. Más sucia era la puta que las parió. Rézate el rosario enterito, seis avemarías y cuatro padrenuestros. Por mi culpa, por mi culpa, por la grandísimamierda ( sic) que eran las monjas en el albergue. (69)
Las monjas y su albergue suponen la represión, el encierro, que conduce a una “reforma de la conducta” que no es otra cosa que la sujeción de aquellas muchachas: se aspira a convertirlas en mujeres “útiles” para la sociedad, se les adiestra en labores domésticas, se les niega la lectura y el goce sexual. Pero el primer paso en este proceso es el discurso sobre la inferioridad de la mujer fundado en la autoridad de la religión, o mejor, en la Biblia, la Palabra de Dios, la Escritura: “Satanás es la serpiente, repetían, Eva la tentación. Y nos miraban como si una hubiera estado en el paraíso con el mensazo de Adán y la maldita manzana” (69-70). El resultado de tal discurso mañana, tarde y noche produce en La Limeña aquel sentimiento de culpa que carga durante todo el relato y que intenta olvidar mediante la droga. Que la mujer se sienta culpable implica haberla degradado, hacerle sentir que no es capaz de ejercer su libre albedrío, pues irremediablemente cae en el pecado porque así lo manda su naturaleza. Con este argumento, las muchachas del albergue se volverían dóciles y asumirían su condición fácilmente. Esta última consiste en volverlas amas de casa y negarles el acceso a ciertas lecturas “pecaminosas”.
Me recuerdo cuando castigaron a la Maríapanzona, pobre jerma, solo porque guardaba una vela bajo el colchón… Le vacilaba leer de noche, sus cartas y sus novelitas de amor, cuando apagaban la luz de la sección y todo era una tumba… Leía un kulo, casi toda la noche se la pasaba leyendo. Un día no tuvo y por eso se peló una [vela] de la capilla, una vela chiquita y tronchada. Me recuerdo que me preguntó si sería pecado. No creo, chola, y suspiré. Suspiré flores para su perdón. Pero por las huevas. De nada sirvió porque la monja alucinó al toque que era para meterse la tripa, para empujarse un polvo. Pobre jerma. El pecado mortal de la masturbación (70)
Como se ve, lectura y sexo se confunden como prácticas vedadas a la mujer. Leer es tan grave como tener deseo sexual. El castigo no puede ser otro que una sobrecarga en los trabajos habituales, estereotipadamente femeninos: servir, cocinar, limpiar el baño. El goce se cancela como opción para la mujer y se le impone una rutina de sujeto subalterno, lleno de complejos y sin poder de cuestionamiento. Sin embargo, La Limeña está confundida, pues parece que la metamorfosis en ella no da resultado: no puede controlar sus pensamientos, pero la culpa es una cruz muy pesada para ella. Nada dócil, esas “sonseras” y “afanes” que dice tener no son sino sus dudas y sus deseos que intentan transgredir el paradigma que le imponen las monjas y que ella finge cumplir. Pero para hacerlo, para no dejarse vencer, hay que “guerrear”, aunque esto también involucre una cuota de maldad, de pecado: La Limeña tiene que pedir perdón por esos pecados que no cuenta en el confesionario y apela a la salvación a través de Sarita Colonia y el Señor Cautivo (la primera santa no oficial y el segundo una devoción de origen provinciano), los cuales ocupan roles mediadores dada su extracción popular. Siempre sospechosa ante las monjas debido al aborto que tuvo a los doce años, nadie parece haber comprendido su faceta de víctima de una violación: “Me sermoneaban delante de todititas, solo para joderme, estás condenada al fuego eterno. Yo no quise, lo juro madre. Igual estás condenada, con de na da, con de na da, con de na da” (71).
Cabe preguntarse: ¿Por qué condenada? Porque tuvo sexo y abortó. Tal es el crimen de La Limeña, aunque ella insista en ser la víctima. Las monjas no le creen porque según su pensamiento toda mujer encarna la incontinencia (“Eva la tentación” repiten todo el tiempo). El pecado se asocia en primera instancia con el deseo sexual. Pero para La Limeña el verdadero pecado es la injusticia, es más: “El pecado es el diablo. Sácame de misia. La miseria es el diablo. Otra vez, sácame de misia. Quítame esta cicatriz que me hace odiar” (72). Pero la autoridad que perdona ya no es Dios, pues no escucha ni parece hacer nada. Roto el vínculo con el libro, con la Biblia, ya no queda lugar para la fe en el Dios cristiano. Se prepara el campo para un cambio de divinidad, otras prácticas y maneras de redención. El discurso letrado que se asocia con Dios será desplazado. Pero antes de seguir en ello, reparemos en la cadena de asociaciones. La meta es salir del pecado. El pecado es el diablo. El diablo es la miseria. Ergo, la miseria es el pecado. Salir de la pobreza equivale a salir del pecado. Ascender económicamente implica una purificación. La Limeña habla entonces de la cicatriz: la pobreza aparece como una marca que debe borrarse. Pero para acabar con su razonamiento, este prosigue así:
No quiero odiar ni laburar ni empeparme. El vicio es el diablo. Como mi padrino. El mismo diablo. Como la injusticia, como la miseria de este hueco. Como los recuerdos y este par de cachos metidos en mi cuerpo. (72)
En otras palabras, el diablo no es solo la miseria, también se encarna en el padrino, el violador. Por tanto es el ultraje lo que la vuelve miserable, porque la arroja a la calle y es también la razón de su estadía en el albergue. El agente de la maldad que produce la marginación de La Limeña es un hombre, el sustituto del padre. Lo masculino se conforma así en lo que degrada.
Nuestra protagonista deduce que para salir de la pobreza hay que ser como Alejandra. Y Alejandra es linda. Ser como Alejandra se convierte en una estrategia para evadir la condición miserable e intentar construir la ilusión de la cicatriz borrada: se constituye en aquella “treta” que el débil ha de aplicar para escapar de la subalternidad. El problema es el carácter efímero de dicho proyecto: “Flor maldita. Suspiro. Suspiro flores marchitas porque no llegaré a los treinta años para no ponerme charki. Las cochas son feazas, se enferman, se mueren como perras” (74). La Limeña, como se ve, se condena a sí misma. La cicatriz, factor que hace naufragar su proyecto de vida, de superación personal, no desaparece con un sencillo retoque estético. Su proyecto de salir de la miseria se destruye. Cabe seguir indagando por qué. ¿Qué es, entonces, la cicatriz, más allá de ser una huella física? ¿Qué significa? La clave nos da la última parte de su relato, cuando nos habla de su origen:
Ahí cerca de la plaza y yo no soy limeña. Vine aquí a chambear con mi padrino, en su negocio de La Parada. Mismo diablo. Me rompió el pito, conchesumadre. Un mionca me trajo de Satipo, Provincia de Junín, distrito de Río Negro. Tierra del dengue y del deseo. Pastelera y miserable. Tierra de una enfermedad castigo de Dios llamada lepra y me quité de mi jato para no contagiarme de mis viejitos que se caían a pedazos como si fueran de arena. (74)
Pese a su apelativo, nuestra protagonista es de la Sierra central, de un lugar del que se nos cuenta que está infestado por la lepra identificada como “castigo divino”, quizás por ser aquella la “tierra del deseo”. Solo entonces comprendemos que el proyecto de ser Alejandra Guzmán sería el proyecto de volverse limeña, de acriollarse. Solo volviéndose criolla podría salir adelante y limpiarse de pecado. La meta es terminar convertida en Alejandra Guzmán, prototipo de criolla, cuya transgresión o “pendejada” es provocar deseo, sacarles dinero a los hombres: “Charlis para mis pepas” (73), “Seis chelas con el gil” (74); luego privarlos del goce sexual (“el sueño de todos. Propiedad de nadie”).
En otras palabras, para el individuo de extracción andina solo queda ser criollo. Pero ser criollo es también ser un bastardo, cargar con un complejo de raigambre colonial (cfr. Portocarrero 564). Y en el caso de La Limeña, a ella tampoco le está permitido ser criolla (mujer bella y provocativa) a causa de la cicatriz en el rostro. Toda la frustración del proyecto y los sueños rotos se concentra en aquella marca:
Cuerpo con una cicatriz maldita en el cacharro, con un jalón maldito a mi chupín pitito de doce años. Por eso ya nunca podré ser linda. Linda como la Alejandra. Con sus botas y sus guantes de seda, con su casaca negra y su cerquillo libre como el viento. Libre por mi culpa, por mi culpa. Por la grandísimamierda ( sic) que me ha recontracagado el cuerpo y el alma. (75)
El cuerpo como depositario de la salvación es producto de la nueva religión que impone el culto a la imagen, que adoptó como reacción a la divinidad letrada (El Dios de la Biblia). Pero ese cuerpo está marcado por la cicatriz en el rostro y la violación, ambos actos cometidos por hombres (el travesti y el padrino, respectivamente). El ascenso hacia el modelo de Alejandra ha sido impedido por manos masculinas. Asimismo, la ornamentación está prohibida por la miseria. La libertad es el único bien de la pobreza y todo ello es “por mi culpa”, por ser mujer, indigente y provinciana, condenada por Dios. La vía de salvación que significaba ser Alejandra Guzmán se revela al final como otro fracaso, pues a La Limeña ni siquiera eso le está permitido. Le han prohibido ser linda. La misma sociedad que aprueba y exalta a Alejandra Guzmán le impide ser como ella. La Limeña lo sabe y entonces ataca su propia imagen, que no ofrece una solución a su propia subalternidad.
Tras lo expuesto, no es arriesgado considerar la cicatriz de la que tanto se queja como la muestra palpable de un estigma que determina su total fracaso como mujer, como provinciana, como pobre, como sujeto imposibilitado de ostentar belleza. Todo ello significa no ser limeña. Pese a sus denodados esfuerzos, ya no puede ser criolla. De allí que el título de este trabajo apunte hacia tales “inconvenientes” que nos revela el análisis del sujeto femenino y sus marchas y contramarchas.
El final del cuento sugiere la autodestrucción como única salida posible ahora que nuestra pícara ha sido defraudada por el modelo de Alejandra. Solo le queda seguir inhalando pegamento hasta que venga la muerte. Lo contrario son tres destinos con los que no se contenta: sirvienta, prostituta o delincuente. Asimismo, tres términos se confunden en su monólogo: pobreza/violación/injusticia. Una mujer como La Limeña no tiene opción de abrazar un proyecto, ni siquiera aquel de ser “la manzana del paraíso”, como lo inculcaba Alejandra Guzmán. Finalmente, la condición del sujeto femenino en este relato deja al lector un sabor amargo: “Suspiro flores para mi tumba, Reina de Corazones” (75).
Bibliografía
Eslava, Jorge. “Reina de Corazones”. Navajas en el paladar. Lima: Rädda Barnen, 1995. 69-75.
Fuller, Norma. Dilemas de la feminidad. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1993.
Medina, Oswaldo. El achoramiento: una interpretación sociológica. Lima: Centro de Investigación de la Universidad del
Pacífico, 2001.
Ponce, Ana y Liliana La Rosa. Nuestra sexualidad. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1995.
Portocarrero, Gonzalo. “La transgresión como forma específica de goce en el mundo criollo”. Estudios culturales: discursos, poderes, pulsiones. Santiago López Maguiña, Gonzalo Portocarrero, Rocío Silva-Santisteban y Víctor Vich (editores). Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2001. 541-567.
Este artículo fue, en un principio, una ponencia presentada en la mesa “Cultura y literatura” del seminario LASA por los 40 años del IEP llevado a cabo el mes de julio del 2004 en Lima. Agradezco a Víctor Vich por sus consejos y comentarios para la elaboración de este trabajo.
Cabe resaltar, en ese sentido, que es el único relato de Navajas en el paladar narrado en primera persona, lo cual lo constituye, en el aspecto formal, en una narración absolutamente picaresca.